lunes, enero 19, 2015

El valle de Viñales

Fue hace algo más de un año, a finales de 2013, pero con las noticias recientes sobre conversaciones con EEUU, se queda uno pensando todo lo que cambiará. 

Lejos del estrés de La Habana, donde ser turista en su centro puede llegar a ser una losa, quisimos acercarnos al renombrado valle de Viñales (y patrimonio de la humanidad) a pasar unos días en el interior. 


Para trasladarte ya estás segregado en una guagua para turistas, y la llegada en sí resulta ser un momento álgido en Viñales ya que las familias tienen huéspedes es probable que acudan para evitar que se los levanten. Habíamos reservado una habitación con una familia, y dado la palabra por lo que tuvimos que decir no varias veces.
 


El turismo parece estar cambiando la población, gran mayoría de las casas tienen el permiso para alojar, y se nota la continua actividad, renovando y poniendo coquetas. Si a finales de 2013, el precio habitual por una noche rondaba los 20-25 CUC (20-25 dólares), que viene a ser el sueldo aproximado de un médico, está claro que estos ingresos suponen un gran alivio para la supervivencia de las familias. Pese a todo, tener dinero no siempre quiere decir poder acceder a productos. Sorprendía escucharles que las casas, rindiendo como estaban rindiendo, podían venderse por 90000 dólares.

El valle en sí es además espectacular, con su verdor y sus particulares mogotes, que decoran el paisaje. Aún recuerdo el paseo de la primera tarde, que tras que nos sugirieran ir por un camino, de repente aquel verdor exuberante y aquella luz me hicieron pensar que el paraíso debía ser similar ;)


Además de al tranquilidad de la que disfrutarás, tienes opciones de excursiones (a ritmo local) en las cercanías. Si te alojas con una familia, te lo pondrán sencillito, te ofrecerán posibilidades para cenar (incluso lo no permitido), y además te organizarán las actividades. Con el tiempo que tuvimos, además de pasear por libre, nos inclinamos por una excursión a caballo, sin que falte el coco loco, finalizando en la plantación de tabaco y probar el puro; visitar Cayo Jutías (nos tocó un día no tan soleado); y la visita a la caverna de Santo Tomás (no la del indio la más visitada en la que te suben en barca). 


En el Cayo, por si tenía dudas, me quedó clarito lo que significa sobrevivir. Ingenuamente había pensado durante el traslado si se podía pescar. "Aquí todo está prohibido", me contestaron. Por eso me sorprendieron lo que parecían barcas a lo lejos, y que poco después pude ver que eran pescadores sobre neumáticos que se adentran kilómetros para obtener los necesitados ingresos extras.


El acceso a la cartografía me resultó escaso, pude ver un mapa con cierto detalle en el centro de interpretación (cofinanciado por el gobierno canario) al que saqué una foto y utilicé para caminar por libre. La cartelería es nula, pero en general fueron muy amables al preguntar. Sólo en una ocasión nos insistía en que usáramos un de sus guías, porque nos podríamos perder o embarrar (!).



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viernes, enero 09, 2015

Unas horas en el aeropuerto de Barajas

A menudo para conectar vuelos te puedes ver unas horas en el aeropuerto de Madrid, sin grandes cosas que hacer, forzado a comer en alguno de los locales del aeropuerto a precio exagerado, y sin el tiempo suficiente como para acercarte al centro de la ciudad. 

Mi sugerencia es que te des un paseo hasta el centro de Barajas, la única desventaja es que tendŕás que pasar el control de seguridad de nuevo, pero podrás comer de menú, desayunar churros, echarte unas cañas o lo que te apetezca. Descubrirás que hay varias opciones.

¿Cómo llegar? Desde mi breve experiencia como becario en las aledañas instalaciones de Iberia, antes de disponer de la vista satélite, sabía de la existencia de un paso elevado para peatones. Una vez salgas de la zona de tránsitos en la T2, debes dirigirte hacia la T3 (que está cerrada). Saliendo de la T2 por la última puerta, basta seguir la acera hacia la derecha como muestro en la imagen. Sin bajarte de la acera y continuando por ese lado de la calle, llegas a una rotonda desde la que se distingue claramente el paso elevado. Desde él,  observando la torre de la iglesia te marcará la dirección de la plaza central.

Apenas es un kilómetro, que con las horas de vuelo que te esperan, hasta lo agradecerás.Desde la T4 puedes tomar la guagua hacia la T3/T2. A vista de satélite el recorrido a pie desde la T4 es más largo, y desconozco que sea viable para peatones, si bien llegando al cementerio parece que luego hay un paso elevado.

Tras probar distintos locales, en las últimas ocasiones siempre me paro en El Rancho de Ávila, no está directamente en la plaza, pero muy cerca (ver ruta marcada en la imagen). Probado para desayunar, con pinchos, menú (9€) y a media tarde un domingo.

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miércoles, diciembre 04, 2013

Tránsito en Barajas

El vuelo de Air Europa aterrizaba en Barajas, con una hora de retraso, sobre las 13:45, a priori tendríamos una hora y veinte minutos antes de la salida  del vuelo hacia Gran Canaria. Atrás quedaba el largo viaje desde La Habana y el retraso en la salida debido básicamente  a la lentitud del embarque en la terminal 2 del aeripuerto José Martí al estar en obras la 3. No había pasarela o finger, y  ante la lluvia optaron por cubrir los escasos metros hasta el avión con la única guagua disponible.

La gran mayoría del pasaje miraba sus relojes, calculando el tiempo que tenían para el tránsito al siguiente vuelo. De nuevo con guagua, sin pasarela. Cuadró de tal forma que al subir de los últimos, nos quedamos junto a las puertas y salimos de los primeros rápidamente al control de pasaportes. Éste fue eficaz, con varias colas que aceleraban el proceso. La ineficacia vendría después. Siguiendo la ruta de tránsito hacia las  zonas C, D, etc. del aeropuerto de Barajas se nos presenta un control de seguridad donde sólo funciona un escáner, y retumba el  seco acento castellano de quien organizaba la cola. 

Vienes de un vuelo para el que has pasado un control de seguridad, y vuelta a empezar. 

No me encajaba  que con un escáner puedan dar salida al par de centenares de pasajeros en tránsito que acabamos de entrar, pero no había tiempo par quejarse. Tras el control  se ve una guagua que acaba yéndose, antes de ser capaces de superarlo. En el control además retiran todos los líquidos aunque vengan precintados del duty free  del aeropuerto de origen (adiós mermelada de guayabo, adiós botito de miel). Sabes que no puedes argumentar, se limitan a repetir como un mantra el manual  de las normas de falsa seguridad que nos aplican, y además hay un vuelo que coger. ¿Por qué se convierten de repente en peligrosos  esos productos con los que he cruzado el Atlántico? 

Por fin pasamos el control, pero no hay guagua a la espera. Me pongo a hacer cola junto a la puerta  porque el tiempo se recorta. Ha pasado una media hora desde que tomamos tierra, mientras se sigue oyendo al personal retirar los líquidos "peligrosos" al resto. Sorprende la lentitud del control, la gente mira sus relojes, no llegamos. Por fin  llega una guagua, son las 14:22, nos quedan poco más de 35 minutos. Otros ya se resignan a que no llegan, "Mi vuelo ya debe haber salido".  

Parece que hay cambio de chófer, se sube el nuevo, con tranquilidad se pone el chaleco reflectante, mientras decenas de ojos esperan a que abra  las puertas. Detrás muchos aún sufriendo la lentitud del recontrol de seguridad. De repente el chófer se baja, y sin prisa accede por una puerta  vecina a nuestra sala. Alguien dice: "Oiga, que perdemos el vuelo", la respuesta mientras se encoge de hombros "¡A mí qué!  el horario de salida es a las 14:30". Muchos iríamos caminando pero no se nos indica la forma. En hora, a las 14:30, abre las puertas. Por supuesto  que la guagua no tiene capacidad para todos los que esperamos (y menos mal que muchos aún hacen cola en el control).  Apelotonamiento en la guagua. Resulta bochornoso darse cuenta de que hayan sido necesarios 45 minutos simplemente para desembarcar y acceder a la guagua que nos traslada a la  terminal vecina. Si es así siempre, funciona fatal.
 
El trayecto era corto, lo sabía y es lo más irónico. En poco más de 5 minutos estamos ante la puerta de embarque e incluso hay tiempo de pasar por el aseo. Supuestamente faltan algo menos de 30 minutos para despegar. Nos ha cuadrado, pese a la parsimonia. Otros tendrán que esperar horas hasta el siguiente enlace, un detallito tras la paliza del vuelo intercontinental. 

Ya sentado en el avión, veo por la ventanilla incluso que llega la maleta a tiempo. ¡Estupendo! Parece que ya estamos todos. Pero no, preguntan un par de veces por dos pasajeros. Tras media hora el comandante indica que no se han presentado dos pasajeros  y deben localizar sus maletas. "Lamentamos los inconvenientes". Para finalizar una hora de retraso en la salida, y sin  ningún detalle (léase zumito, vasito de agua, ...) con los pasajeros que allí esperan. Todo sea por fidelizar clientes.

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domingo, octubre 27, 2013

Cracovia en blanco


 Tuve la fortuna de llegar a la ciudad una noche de diciembre que según el comandante  era la primera con verdadera temperatura del invierno que comenzaba, -12ºC.  Con los copos que habían caído días antes y la nevada de un par de días después, esta bella ciudad se me mostró en blanco.

Como turista la ciudad ofrece la riqueza de su pasado como capital polaca, con la fortuna de  no haber sido deteriorada durante la segunda guerra mundial, al contrario de Varsovia. La ciudad vieja es preciosa, con su enorme plaza del mercado, el singular mercado de los paños, y en mi caso al ser diciembre, también el navideño. En la colina Wawel está entre otras cosas el Castillo Real, con hermosas vistas del río y de la ciudad. Muy recomendable también  pasear por el barrio judío, Kazimierz, hoy aparente hervidero de pequeños cafés y negocios alternativos. Realmente esos días pasear requería hacer descansos porque el frío no hacía fácil pasar mucho tiempo fuera.


Con el tiempo libre que tuve, pude hacer algunas visitas y excursiones. Eludí visitar la zona de pago del Castillo Real durante el fin de semana, ya que había mucho movimiento de turistas, y aproveché para  visitar los apartamentos privados reales durante la semana. La visita resultó muy interesante, además de ocurrirme para mi sospresa que tuve una visita guiada con un guía sólo para mí. Nadie más había abonado la entrada para la visita de esa hora.  Algo parecido me ocurriría días más tarde en la visita a una de las atracciones turísticas
cercanas, las minas de sal de Wieliczka. Tras descender unos 20 pisos, la visita se divide en dos partes. En la primera, éramos dos grupos muy numerosos, donde resultaba a veces difícil poder escuchar las explicaciones por la  aglomeración. Llegado a un punto los guías comentan  que el que quisiera se podía ya marchar con el ascensor, y quienes tuvieran interés podrían visitar el museo del  interior acompañados de un guía. Sorprendentemente me quedé de nuevo solo.

Próximo a Cracovia hay otros destinos como Zakopane, un destino de esquí en invierno, Auschwitz-Birkenau, y las minas de sal.  Con el tiempo que contaba, la excursión que consideraba ineludible era Auschwitz-Birkenau. Resulta extraño visitar un lugar de que ha provocado tanto dolor, pero el ser humano tiende a olvidar el horror que provoca, ¿o no seguimos viendo episodios similares hoy en dia? La extraña visita a Auschwitz-Birkenau, me llevó en un minibus de con música relajante, al  a un lugar donde sufrieron y muchos murieron cientos de miles de personas, viviendo en condiciones penosas,  gracias al odio y la sinrazón. La zona es más fría que la propia ciudad, bajo mis abrigos y las múltiples capas me  resultaba complicado imaginar que se pudiera sobrevivir en pleno invierno con escasa ropa, higiene y comida.  La horrenda memoria del lugar contrastaba con la belleza que exhibía el paisaje tras la nevada de la noche anterior.  La pureza del blanco, cubría un lugar de negro recuerdo. Quizás la gran afluencia de turistas, su rumor ayudan a que los pensamientos no se queden anclados en las vivencias del lugar.


Por cambiar de contexto, como canario, la espectacular imagen nevada de la ciudad fue la repanocha la mañana que me atreví a salir a trotar antes del desayuno. Eso sí, bien preparado para el frío, pero sin riesgo a sancocharme. Flipante atravesar el parque Blonia completamente cubierto de nieve, y proseguir hasta el paseo junto al Vístula que casi estaba completamente helado. Sin palabras. 


En cuanto a comer, comparando los precios en España, resulta realmente económico, y pude disfrutar. Menciono mis experiencias. Muy económico con menú y carta el Bar Smak, no lejos de la plaza. Curioso el aviso en las mesas sobre la presencia de carteristas. Más próximo al centro, el acogedor sótano de Morskie Oko. Cerca de Wawel probé para una comida rápida la zapiekanka en Horoscope. También en la zona Pod Wawelem (no dejes de visitar el baño), con mucho ambiente local, música en vivo y grandes platos, y Chlopskie Jadlo donde siguiendo las instrucciones de Marga disfruté de la oferta de la sopa servida en pan, eso sí llegué algo tarde, y ya habían cortado la calefacción, y se notaba. En Kazimierz, muy coqueto Starka. La última noche visité Chata, con el fuego haciendo el lugar acogedor, rico y muy benos precios.

Por cierto, en el vuelo de vuelta de LOT por primera vez escuché "This is the captain speaking ..." con voz femenina.

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domingo, octubre 20, 2013

De nuevo mirando al techo en Palermo: la Capilla Palatina

Tras mi primera visita a Sicilia años atrás, con una breve incursión en el tráfico de Palermo, y la visita a la catedral de Monreale para contemplar sus mosaicos, y de paso descubrir lo que puede costar un granizado en Italia junto a una atracción turítica, recientemente tuve la fortuna de volver a la isla, y en esta ocasión conocer el centro de Palermo. Eso sí, esta vez hice uso del transporte público para evitarme los modos de hacer de sus conductores.

Sin lugar a dudas lo que más me impresionó fue la Capilla Palatina. Desconocía su existencia, y resulta ser una tremendamente espectacular muestra de mosaicos y decoraciones que parecen mezclar estilos bizantinos y árabes. Sería fácil pasarse horas mirando hacia arriba, pero probablemente con conocimiento de causa, no hay prácticamente posibilidades de encontrar un lugar para sentarse (una pena).


El acceso no es gratuito, pero merece francamente la pena. Por la configuración del acceso puede dar la impresión de que en ocasiones se forman colas, pero no existían cuando la visité alrededor de fin de año.

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miércoles, marzo 13, 2013

De paseo por el NOA

Tras el viaje nocturno en coche cama desde Córdoba con El Rápido, mucho más cómodo que la experiencia para llegar a Córdoba, llegábamos a Tucumán con curiosidad por pasar unos días deambulando por el Noroeste argentino (NOA)

Lo primero que nos dice Pablo en el punto de información de la estación, tras intentar descifrar mi acento, es que le encanta (Pepe) Vélez. Pablo hace además recomendaciones para el recorrido de los próximos días, y nos gestiona un coche de alquiler para movernos en los escasos días disponibles. En mis intentos previos de reservar uno con anterioridad, me pedían abonar por adelantado ...


Nos ponemos en camino hacia la Cuesta del Indio en dirección a Tafí del Valle. A la salida de Tucuman sorprenden los lavacoches que desde el arcén buscan clientes. Pasamos por Famaillá, entendiendo a la vista de las plantaciones, que sea la capital de cítricos y caña de azúcar. A poco de comenzar la cuesta tras salir de Tucumán, aparecen señales de obras y de nuevo un control. Esta vez me pedirían toditos los papeles pero no una ayuda (parece  no ser entonces algo generalizado), y ciertamente el uniforme no parecía de policía.


Tras el bosque de la Cuesta del Indio, y las frecuentes paradas de algunos minutos por obras en las carreteras (a lo largo del recorrido esa seana serían constantes las reparaciones viales), llegamos al Valle, donde el paisaje se abre de repente. Con parada en El Mollar para ver los menhires de la zona reubicados, un tanto triste, y Tafí del Valle. Sin quererlo estamos  a 2000 metros de altura, los árboles han desaparecido, y nos cuentan historias de los jesuitas que hasta allá llegaron con un piano para facilitarse la entrada en contacto a través de la música con los nativos. Hoy guaguas de turistas que parecen nacionales, y que hacen la ruta de los museos de la zona parando en Tafí a reponer fuerzas.


Los rostros locales comienzan a exhibir un aspecto más andino. Desde Tafí subimos hasta el Infiernillo, el paso hacia los Valles Calchaquíes sobrepasados los 3000 metros de altura.  Ese día no tenía ni aspecto infernal, ni la temperatura que se puede esperar en invierno. Al otro lado, el descenso hacia los valles Calchaquíes. Los primeros cardones surgen al aproximarnos a los 2000 metros, poco antes de llegar a Amaicha del Valle. A su entrada exhibe orgullosa el eslógan "el mejor clima del mundo". Me resulta algo dudoso rondando los 2000 metros de altura... En esta localidad está el recomendable Museo Pachamama creado por el polifacético Héctor Cruz, y al parecer también polémico en la zona, quien cuenta con una sala con sus obras. En cierta medida lo que la visita me dijo de él, me hizo recordar a César Manrique.


Continuando camino hacia Cafayate, desde hace pocos años es posible visitar las  espectaculares ruinas de Quilmes. Ascender por ellas permite contemplar la amplitud del valle. Esa tarde además mostraba las prisas del sol por desaparecer en una tranquila tarde de invierno en el valle.

En Cafayate aseguran tener  los viñedos de mayor altura del planeta. Nos pilla la noche antes de llegar, pero por primera vez encontramos alojamiento a la primera en El hospedaje, y ni siquiera se ha hecho tarde. Acogedor y coqueto el lugar. Cafayate resultó encantador, y no menos la cena probando por primera vez la riquísima humita, y continuando con la docena de empanadas, acompañadas de torrontés (variedad de vid de la zona), y finalizando con el queso con dulce de cayote en la Casa de las Empanadas. Aún recuerdo la empanada Don Coro.

En Cafayate además de visitar mercadillos regionales, es posible realizar visitas a las bodegas, algunas en el centro de la localidad. Para continuar camino se puede optar por la Quebrada de las Conchas hacia  Salta, con numerosos puntos panorámicos, o seguir la ruta 40 hacia Cachí por la Quebrada de las Flechas.  Con las buenas sensaciones de Cafayate, optamos por tomar la ruta nacional 40, y dejar la Quebrada de las Conchas para una posible vuelta en el regreso hacia Tucumán.


El tramo hasta Cachí por la ruta 40 te hará conocer no solo el paisaje, sino también el polvo de las pistas argentinas durante decenas de kilómetros. Pequeños y distantes caseríos de minúsculas iglesias/ermitas sorprenden rompen de vez en cuando la monotonía del traqueteo sobre el polvoriento recorrido por el amplísimo valle. Es una pista, sí, pero de gran anchura y con indicación de cada kilómetro. Cuando por la noche abrimos el maletero, descubriríamos las bolsas cubiertas de polvo.

No hacía frío, pero las figuras que surgen cerca de las casas, deben conocer bien el sol de altura, y saben de sus cambios de temperatura, nadie iba en manga corta. Imagino que también caminar en manga corta cerca de la pista te empolvaría con velocidad. A Cachí llegamos añorando asfalto, y proseguimos. A los pocos kilómetros reaparece el asfalto, y nos dirigiríamos hacia Salta con la idea de poder llegar a dormir a Jujuy.

Antes de comenzar el descenso hacia Salta, se atraviesa el parque nacional Los Cardones. Una recta enorme con pasos para animales, y avisos de velocidad controlada por radar. La luz de la tarde ya anunciaba que quedaban pocas horas de cielo azul. Tras un leve ascenso que nos coloca de nuevo a 3000 metros arranca la Cuesta del Obispo que conecta con Salta, con trozos de nuevo de pista en los segmentos más pendientes. Tras terminar la parte más pendiente se nos une un campesino que hacía dedo, y nos acompañaría hasta Chicoana. Gracias a sus indicaciones pudimos atravesar Salta en dirección a Jujuy, porque sin GPS y la escasez de señalización en los accesos a las urbes por esta zona hubiera sido divertido. En general, cuando llega la noche hay que estar muy atento porque pueden aparecer animales en zonas poco transitadas y motoristas o bicicletas sin iluminación o reflectantes cerca de las localidades. Se la  juegan.


El nombre de Salvador de Jujuy me atraía desde la primera vez que lo leía sobre un mapa. Con esa ilusión pasamos Salta y tomamos la carretera que había visto como ruta más directa. Era ya de noche, y disfrutaba con la carretera solitaria, repleta de curvas, en los 50 kilómetros sólo encontraría dos coches, eso sí bastantes más vacas que pastaban a oscuras junto al asfalto. Luego descubriría que no es la vía más usada entre ambas ciudades, se hace un rodeo. Sin saber el día que era, nos la prometíamos felices, una carretera sin tráfico, encontrar alojamiento en Jujuy no debería ser problema, debe haber cuatro gatos por allí, ni siquiera es fin de semana.

Era 22 de agosto de 2012, y la tranquilidad de esos kilómetros no nos hacía presagiar lo que encontraríamos en Jujuy. Al entrar en la ciudad, de nuevo las indicaciones hacia el centro eran escasas. Al preguntar a un taxista me responde "quizás no se pueda acceder por el acto". ¿Acto? Ni idea, se veía gente como regresando con pancartas e incluso a caballo. Conforme nos acercábamos surgió el caos, aparecieron centenares de vehículos en un atasco espectacular, junto a caballos cabalgados por gauchos. Eran ya las 10 de la noche, necesitábamos buscar donde dormir, a duras penas conseguimos aparcar. El atasco impedía acercarse más hacia el centro, y nos encaminamos a pie desde unas diez cuadras. La operación de búsqueda de alojamiento estaba resultando infructuosa. Nos comentan que al día siguiente  se celebraba el bicentenario del éxodo jujeño. ¿Perdón? Al día siguiente tendría lugar un desfile cívico militar conmemorando el éxodo ante la llegada de las tropas realistas (españolas)  que intentaban sofocar el alzamiento independentista doscientos años atrás (tras la independencia luego durante decenas de años la historia argentina tendría conflictos bélicos internos) .

En resumen, el mejor día para llegar a Jujuy sin alojamiento reservado. Sobre la media noche  pudimos encontrar una reserva cancelada en el hotel Gregorio I, no era lo que buscábamos, pero era medianoche y lo único que habíamos podido encontrar. ¿Dónde había quedado Cafayate? Pese a lo chic del hotel y el precio, curiosamente por la mañana descubriríamos que el agua caliente parecía ser desconocida en el baño. En el desayuno, eso si bueno, veríamos a varios elegantes gauchos, que luego nos explicarían que uno de ellos era un alto representante de los gauchos argentinos. Nos movemos en unos círculos ...





Tras un breve paseo por la colapsada Jujuy, esa misma mañana emprendimos viaje lejos de las urbes, hacia la quebrada de Humahuaca. En nuestro camino hacia Humahuaca, disfrutaríamos de los paisajes no sólo del recorrido, sino del cerro de los siete colores de Purmamarca, su enorme mercado regional, la tranquilidad de Tilcara con su Pucará, probando las peimras empanadas jujeñas de llama. Finalmente llegábamos a Humahuaca, y tras dar preguntar en un par de casas, encontrábamos donde dormir. A excepción del refugio de Altavista del Teide supondría para mí el segundo lugar a 3000 metros de altura donde pasaría la noche. Antes tendríamos tiempo de saborear un estofado de lama acompañado de buen vino.
 

Al día siguiente recuperamos camino, ascendiendo desde Purmamarca hacia el gran salar. La carretera de ascenso resultó muy llamativa, con una degollada a poco más de 4000 metros, tras la que comienza el descenso hacia el salar. No hacía frío, y comenzaban a aparecer camélidos. Los que estaban antes del salar creo que eran guanacos. Tras la parada en el salar, nuestra intención era ir hacia San Antonio de los Cobres. De nuevo la ruta 40, en su formato de ripio para unas cuantas horas. Pese a lo largo del trayecto, el paisaje del altiplano impresionante, y más aún al encontrarse con una manada de llamas.



San Antonio resultó menos animado de lo esperado. hasta allí llega el costoso tren de las nubes. Eso sí, al menos pudimos avituallarnos con más empanadas de lama. Entre los rostros locales andinos, los nuestros destacaban tanto que en pocos minutos se nos aproximó una persona, que por su tez no era de la zona, a ofrecernos alojamiento. Nos quedaba una noche antes de regresar a Tucumán y optamos por intentar llegar a Cafayate, así que proseguimos hacia Salta.


La teoría es que la pista se había acabado pero durante el paisajístico descenso hacia Salta encontraríamos varias decenas de kilómetros no asfaltados, nos soprenderían de nuevo pequeñas iglesias que parecían maquetas o forradas de alumino. No llegábamos a Salta con luz suficiente para degustar la Quebrada de las Conchas, así que una vez en la ruta 68 buscamos donde dormir en Coronel Moldes, donde por suerte además encontramos un lugar para comer algo, eso sí, plato único era la oferta.


Para el día siguiente dejábamos un recorrido casi por completo conocido. Disfrutamos de las formas caprichosas de la Quebrada de las Conchas, de un nuevo paseo por Cafayate, con nueva parada en la Casa de las Empanadas. Ya por la tarde pararíamos esta vez en el Museo Pachamama, antes de emprender la subida hacia el Infiernillo. El tiempo había refrescado, en el valles estábamos según el coche a unos 12ºC con el cielo despejado, tras dejar los 3000 metros de altura del Infiernillo, vislumbré un mar de nubes en el valle, al acercarnos destacó la vegetación helada, en unos minutos la temperatura pasó a -6ºC. Por suerte era un frío seco, y fue subiendo conforme proseguíamos el descenso hacia Tucumán. 


Llegaríamos de noche y de nuevo las pasé canutas para orientarme hacia el centro con la escasa señalización bien iluminada. Como era norma, el alojamiento resultó no ser fácil, acabamos en un hotel, era sábado y la ciudad con ambiente. La cena en "Il postino", tiene buenas críticas, mucho ambiente pero no resultó nada especial. Al día siguiente cogeríamos camino hacia Misiones, nos esperaban 20 horas de trayecto en guagua, tiempo para descansar y reponer fuerzas.





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lunes, marzo 11, 2013

Ischigualasto y Talampaya en un fin de semana

Ciertamente no recomiendo dedicar un solo fin de semana para visitar estos  parques argentinos, pero el ímpetu por aprovechar los días para recorrer varias zonas del norte argentino, me llevó a planificarlo así. 

Los parques de Ischigualasto (o Valle de la Luna) y Talampaya se encuentran a cierta distancia  de cualquier ciudad, las más cercanas son La Rioja y San Juan. En nuestro caso por la disponibilidad  de tiempo y la facilidad para conseguir un coche de alquiler, escogimos Córdoba, que está a algo más  de 400 kilómetros de cualquiera de los dos parques. Si se dispone de más tiempo es posible  organizarse con los servicios de omnibuses, pero requiere precisamente eso, más tiempo.

Era el primer fin de semana en Argentina, y con el recuerdo que tenía de las guaguas chilenas, la opción escogida fue llegar desde Madrid a Ezeiza (aeropuerto internacional de Buenos Aires), y viajar en un coche cama hasta alguna ciudad próxima a los parques. Como la llegada al aeropuerto era sobre las ocho de la tarde, por anticipado el destino con más opciones era Córdoba. Tras los múltiples consejos de no intentar llegar a Retiro a pie de noche por seguridad, usamos el servicio de bus de Manuel Tienda León. El precio es de aeropuerto, y el vehículo bastante añejo, pero por unos pesos más te dejan en la puerta de la terminal de Retiro.

No eran las 11 de la noche del jueves, y la primera sorpresa del viaje fue que sólo había plazas en un coche semicama a medianoche. Luego descubriríamos que comenzaba un fin de semana largo por la celebración del libertador San Martín. El mito de los coches cama que había conocido en Chile, esa noche desaparecieron. La única opción fue cutre, eran butacas viejas e incómodas con un aire acondicionado enfriando en exceso. No conseguir demasiado me permitiría contemplar el paisaje de La Pampa con sus infinitas plantaicones. Cuando se acercaba la hora de llegada, hubo una larga parada, que una hora después resultó ser una avería, de la que nos enteramos por otro pasajero. Curiosamente nadie se quejó (allá donde fueres haz lo que vieres). La compañía Plus Ultra - Mercobus (creo que el coche era de Mercobus) la recordaré por haber sido la peor experiencia durante esas semanas en Argentina.

Al final el retraso fue superior a dos horas, el cansancio, hambre y el incipiente resfriado marcaron la primera impresión de Córdoba. Al no tener claro si lograríamos conectar esa noche no teníamos reserva, unido a que resultó ser un fin de semana largo, no fue fácil ni encontrar alojamiento para por fin descansar, ni el coche para la mañana siguiente.

Tras descansar, el objetivo era llegar el sábado para el último turno en Ischigualasto, y reservar el domingo para Talampaya. Según la predicción de google los 400 y pico kilómetros se podían hacer a tiempo. La impresión era que sobraría tiempo, pero la realidad fue que  el trayecto desde Córdoba hasta Ischigualasto, presenta mucho tráfico, con innumerables cruces, semáforos y curiosas interrupciones. Sobre todo en la parte  inicial hasta prácticamente Cruz del Eje dado lo concurrido de la sierra cordobesa y alrededores. 

Al conductor novato en  Argentina, le sorprendían la cantidad de controles policiales que pueden surgir. Lo más sorprendente fue cuando en uno  de ellos, en la frontera con La Rioja, nos solicitaron colaboración (económica se entiende). Una vez alejados, el tráfico desaparece, es importante tener en cuenta que si llevas vehiculo, el número de localidades disminuye, y no hay que descuidar el depósito. Reposté en Chamical.  


Tras las peripecias, llegamos a Ischigualasto, también conocido como Valle de la Luna. Una curiosidad del parque, que no es atractiva, es que se requiere un vehículo para poder visitarlo, y es una pena pero no parece existir  otra posibilidad que recorrer la zona accesible en convoy con los guías. Según la información del parque  es también posible realizar un ascenso hasta un pico, pero desconozco si requiere ir acompañado de guía. Ambas  actividades tienen coste. Mi ilusión de llegar para el último turno es que podríamos disfrutar de los colores del parque con los últimos rayos de sol. Al ser el fin de semana, y festivo, el número de personas del convoy fue grande. Se realizan varias paradas, y en la última nos permitieron quedarnos sin prisas. La mayoría sin embargo se fue. Fue probablemente el mejor momento dentro del parque, con toda la tranuilidad para contemplar las luces y colores de la puesta de sol.


Desde Ischigualasto hasta Talampaya hay más de 100 kilómetros, y sólo una pequeña población entre ambos, Baldecitos, pese a que intentamos buscar referencias por si disponían de alojamiento, no lo conseguimos por  anticipado, y al pasar de noche por el caserío, no vimos nada que pareciera activo ni gente a quien preguntar.  Al día siguiente nos dirían que hay un albergue que está empezando y por eso no hay excesiva  publicidad. Hablaron maravillas del chivito. ¡Lástima!

En Talampaya tampoco hay alojamiento, está en medio de la nada. Se debe continuar hacia Villa Unión, o probar en los pequeños núcleos intermedios. Villa Unión cuenta además con gasolinera.  

Son unos 50 kilómetros más. En nuestro caso, lo divertido fue que coincidía con un fin de semana largo, y al llegar a Villa Unión, no había alojamiento de ningún tipo. Y todavía fue más preocupante cuando al intentar repostar en una gasolinera nos dicen que no tendrían hasta el lunes, y descubrir una cola en  la segunda. Afortunadamente la cola era exagerada, no estaban escasos. 


Preguntando nos comentan opciones de alojamiento 70 kilómetros aún más lejos. Distancias que para un canario resultan enormes. Así que optamos por darnos una buena cena, antes de deshacer los 50 kilómetros para dormir en el coche junto a la entrada del parque. Como la cena dejó recuerdo, merece la pena nombrar la parrilla "La Palmera", donde paramos por el nutrido ambiente que se observaba. Hambriento como estaba, primero senté las madres del largo dia con un plato de locro, antes de saborear mi primer bife de chorizo en Argentina. Decoración rústica, con un baño también muy curioso...

Imaginen un desierto, a unos 1000 metros de altura. Era Agosto, hubo suerte y frío no sufrimos, pero eso sí, como se pueden imaginar, el cielo estrellado  del desierto es espectacular, y el amanecer en esa soledad impactante. 
Obviamente por la mañana entramos los primeros en el parque. Y pronto descubrimos que este parque además ofrece posibilidades para el visitante. La entrada al parque da derecho al transporte a la entrada  del cañón, donde permiten realizar un pequeño paseo por la zona de los petroglifos. 


Pero cuidado, este transporte gratuito sólo se realiza a primera y última hora. De esta forma la gran mayoría de visitantes  se ven "invitados" a realizar la excursión en vehículo, que recuerda a la de Ischigualasto. Sin embargo , existe la posibilidad de realizar una ruta a pie con guía, eso sí las salidas se realizan temprano entre las 9 y las 10. Curiosamente sólo el 4% de los visitantes  la realizan. El coste es similar a la ruta en coche, pero yo lo recomiendo. Fueron unos 13km, que si ciertamente no cubren todas las paradas de  los visitantes motorizados, nos mostraron con mayor tranquilidad el ascenso por una quebrada anexa, para posteriormente descender al cañón de Talampaya, y disfrutar de toda su  inmensidad. 



Si vas con más tiempo, Talampaya cuenta con otras zonas para acceder algo más al sur, de las que otros caminantes me hablaron  muy bien ("¿Arco iris?").


La vuelta a Córdoba la hicimos a través de la cuesta Miranda, que fue mi primer contacto como conductor con una  de las pistas argentinas. Espectaculares vistas, pero alarga el trayecto. La llegada a Córdoba presentó de nuevo alguna dificultad para encontrar  alojamiento por la festividad, pero pudimos descansar antes de emprender camino hacia el NOA a la noche siguiente, no sin antes pasear por Córdoba con nuevos ojos y saborear una parrillada libre en la recomendación de un cordobés, "El patio" en 24 de septiembre.

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