miércoles, marzo 13, 2013

De paseo por el NOA

Tras el viaje nocturno en coche cama desde Córdoba con El Rápido, mucho más cómodo que la experiencia para llegar a Córdoba, llegábamos a Tucumán con curiosidad por pasar unos días deambulando por el Noroeste argentino (NOA)

Lo primero que nos dice Pablo en el punto de información de la estación, tras intentar descifrar mi acento, es que le encanta (Pepe) Vélez. Pablo hace además recomendaciones para el recorrido de los próximos días, y nos gestiona un coche de alquiler para movernos en los escasos días disponibles. En mis intentos previos de reservar uno con anterioridad, me pedían abonar por adelantado ...


Nos ponemos en camino hacia la Cuesta del Indio en dirección a Tafí del Valle. A la salida de Tucuman sorprenden los lavacoches que desde el arcén buscan clientes. Pasamos por Famaillá, entendiendo a la vista de las plantaciones, que sea la capital de cítricos y caña de azúcar. A poco de comenzar la cuesta tras salir de Tucumán, aparecen señales de obras y de nuevo un control. Esta vez me pedirían toditos los papeles pero no una ayuda (parece  no ser entonces algo generalizado), y ciertamente el uniforme no parecía de policía.


Tras el bosque de la Cuesta del Indio, y las frecuentes paradas de algunos minutos por obras en las carreteras (a lo largo del recorrido esa seana serían constantes las reparaciones viales), llegamos al Valle, donde el paisaje se abre de repente. Con parada en El Mollar para ver los menhires de la zona reubicados, un tanto triste, y Tafí del Valle. Sin quererlo estamos  a 2000 metros de altura, los árboles han desaparecido, y nos cuentan historias de los jesuitas que hasta allá llegaron con un piano para facilitarse la entrada en contacto a través de la música con los nativos. Hoy guaguas de turistas que parecen nacionales, y que hacen la ruta de los museos de la zona parando en Tafí a reponer fuerzas.


Los rostros locales comienzan a exhibir un aspecto más andino. Desde Tafí subimos hasta el Infiernillo, el paso hacia los Valles Calchaquíes sobrepasados los 3000 metros de altura.  Ese día no tenía ni aspecto infernal, ni la temperatura que se puede esperar en invierno. Al otro lado, el descenso hacia los valles Calchaquíes. Los primeros cardones surgen al aproximarnos a los 2000 metros, poco antes de llegar a Amaicha del Valle. A su entrada exhibe orgullosa el eslógan "el mejor clima del mundo". Me resulta algo dudoso rondando los 2000 metros de altura... En esta localidad está el recomendable Museo Pachamama creado por el polifacético Héctor Cruz, y al parecer también polémico en la zona, quien cuenta con una sala con sus obras. En cierta medida lo que la visita me dijo de él, me hizo recordar a César Manrique.


Continuando camino hacia Cafayate, desde hace pocos años es posible visitar las  espectaculares ruinas de Quilmes. Ascender por ellas permite contemplar la amplitud del valle. Esa tarde además mostraba las prisas del sol por desaparecer en una tranquila tarde de invierno en el valle.

En Cafayate aseguran tener  los viñedos de mayor altura del planeta. Nos pilla la noche antes de llegar, pero por primera vez encontramos alojamiento a la primera en El hospedaje, y ni siquiera se ha hecho tarde. Acogedor y coqueto el lugar. Cafayate resultó encantador, y no menos la cena probando por primera vez la riquísima humita, y continuando con la docena de empanadas, acompañadas de torrontés (variedad de vid de la zona), y finalizando con el queso con dulce de cayote en la Casa de las Empanadas. Aún recuerdo la empanada Don Coro.

En Cafayate además de visitar mercadillos regionales, es posible realizar visitas a las bodegas, algunas en el centro de la localidad. Para continuar camino se puede optar por la Quebrada de las Conchas hacia  Salta, con numerosos puntos panorámicos, o seguir la ruta 40 hacia Cachí por la Quebrada de las Flechas.  Con las buenas sensaciones de Cafayate, optamos por tomar la ruta nacional 40, y dejar la Quebrada de las Conchas para una posible vuelta en el regreso hacia Tucumán.


El tramo hasta Cachí por la ruta 40 te hará conocer no solo el paisaje, sino también el polvo de las pistas argentinas durante decenas de kilómetros. Pequeños y distantes caseríos de minúsculas iglesias/ermitas sorprenden rompen de vez en cuando la monotonía del traqueteo sobre el polvoriento recorrido por el amplísimo valle. Es una pista, sí, pero de gran anchura y con indicación de cada kilómetro. Cuando por la noche abrimos el maletero, descubriríamos las bolsas cubiertas de polvo.

No hacía frío, pero las figuras que surgen cerca de las casas, deben conocer bien el sol de altura, y saben de sus cambios de temperatura, nadie iba en manga corta. Imagino que también caminar en manga corta cerca de la pista te empolvaría con velocidad. A Cachí llegamos añorando asfalto, y proseguimos. A los pocos kilómetros reaparece el asfalto, y nos dirigiríamos hacia Salta con la idea de poder llegar a dormir a Jujuy.

Antes de comenzar el descenso hacia Salta, se atraviesa el parque nacional Los Cardones. Una recta enorme con pasos para animales, y avisos de velocidad controlada por radar. La luz de la tarde ya anunciaba que quedaban pocas horas de cielo azul. Tras un leve ascenso que nos coloca de nuevo a 3000 metros arranca la Cuesta del Obispo que conecta con Salta, con trozos de nuevo de pista en los segmentos más pendientes. Tras terminar la parte más pendiente se nos une un campesino que hacía dedo, y nos acompañaría hasta Chicoana. Gracias a sus indicaciones pudimos atravesar Salta en dirección a Jujuy, porque sin GPS y la escasez de señalización en los accesos a las urbes por esta zona hubiera sido divertido. En general, cuando llega la noche hay que estar muy atento porque pueden aparecer animales en zonas poco transitadas y motoristas o bicicletas sin iluminación o reflectantes cerca de las localidades. Se la  juegan.


El nombre de Salvador de Jujuy me atraía desde la primera vez que lo leía sobre un mapa. Con esa ilusión pasamos Salta y tomamos la carretera que había visto como ruta más directa. Era ya de noche, y disfrutaba con la carretera solitaria, repleta de curvas, en los 50 kilómetros sólo encontraría dos coches, eso sí bastantes más vacas que pastaban a oscuras junto al asfalto. Luego descubriría que no es la vía más usada entre ambas ciudades, se hace un rodeo. Sin saber el día que era, nos la prometíamos felices, una carretera sin tráfico, encontrar alojamiento en Jujuy no debería ser problema, debe haber cuatro gatos por allí, ni siquiera es fin de semana.

Era 22 de agosto de 2012, y la tranquilidad de esos kilómetros no nos hacía presagiar lo que encontraríamos en Jujuy. Al entrar en la ciudad, de nuevo las indicaciones hacia el centro eran escasas. Al preguntar a un taxista me responde "quizás no se pueda acceder por el acto". ¿Acto? Ni idea, se veía gente como regresando con pancartas e incluso a caballo. Conforme nos acercábamos surgió el caos, aparecieron centenares de vehículos en un atasco espectacular, junto a caballos cabalgados por gauchos. Eran ya las 10 de la noche, necesitábamos buscar donde dormir, a duras penas conseguimos aparcar. El atasco impedía acercarse más hacia el centro, y nos encaminamos a pie desde unas diez cuadras. La operación de búsqueda de alojamiento estaba resultando infructuosa. Nos comentan que al día siguiente  se celebraba el bicentenario del éxodo jujeño. ¿Perdón? Al día siguiente tendría lugar un desfile cívico militar conmemorando el éxodo ante la llegada de las tropas realistas (españolas)  que intentaban sofocar el alzamiento independentista doscientos años atrás (tras la independencia luego durante decenas de años la historia argentina tendría conflictos bélicos internos) .

En resumen, el mejor día para llegar a Jujuy sin alojamiento reservado. Sobre la media noche  pudimos encontrar una reserva cancelada en el hotel Gregorio I, no era lo que buscábamos, pero era medianoche y lo único que habíamos podido encontrar. ¿Dónde había quedado Cafayate? Pese a lo chic del hotel y el precio, curiosamente por la mañana descubriríamos que el agua caliente parecía ser desconocida en el baño. En el desayuno, eso si bueno, veríamos a varios elegantes gauchos, que luego nos explicarían que uno de ellos era un alto representante de los gauchos argentinos. Nos movemos en unos círculos ...





Tras un breve paseo por la colapsada Jujuy, esa misma mañana emprendimos viaje lejos de las urbes, hacia la quebrada de Humahuaca. En nuestro camino hacia Humahuaca, disfrutaríamos de los paisajes no sólo del recorrido, sino del cerro de los siete colores de Purmamarca, su enorme mercado regional, la tranquilidad de Tilcara con su Pucará, probando las peimras empanadas jujeñas de llama. Finalmente llegábamos a Humahuaca, y tras dar preguntar en un par de casas, encontrábamos donde dormir. A excepción del refugio de Altavista del Teide supondría para mí el segundo lugar a 3000 metros de altura donde pasaría la noche. Antes tendríamos tiempo de saborear un estofado de lama acompañado de buen vino.
 

Al día siguiente recuperamos camino, ascendiendo desde Purmamarca hacia el gran salar. La carretera de ascenso resultó muy llamativa, con una degollada a poco más de 4000 metros, tras la que comienza el descenso hacia el salar. No hacía frío, y comenzaban a aparecer camélidos. Los que estaban antes del salar creo que eran guanacos. Tras la parada en el salar, nuestra intención era ir hacia San Antonio de los Cobres. De nuevo la ruta 40, en su formato de ripio para unas cuantas horas. Pese a lo largo del trayecto, el paisaje del altiplano impresionante, y más aún al encontrarse con una manada de llamas.



San Antonio resultó menos animado de lo esperado. hasta allí llega el costoso tren de las nubes. Eso sí, al menos pudimos avituallarnos con más empanadas de lama. Entre los rostros locales andinos, los nuestros destacaban tanto que en pocos minutos se nos aproximó una persona, que por su tez no era de la zona, a ofrecernos alojamiento. Nos quedaba una noche antes de regresar a Tucumán y optamos por intentar llegar a Cafayate, así que proseguimos hacia Salta.


La teoría es que la pista se había acabado pero durante el paisajístico descenso hacia Salta encontraríamos varias decenas de kilómetros no asfaltados, nos soprenderían de nuevo pequeñas iglesias que parecían maquetas o forradas de alumino. No llegábamos a Salta con luz suficiente para degustar la Quebrada de las Conchas, así que una vez en la ruta 68 buscamos donde dormir en Coronel Moldes, donde por suerte además encontramos un lugar para comer algo, eso sí, plato único era la oferta.


Para el día siguiente dejábamos un recorrido casi por completo conocido. Disfrutamos de las formas caprichosas de la Quebrada de las Conchas, de un nuevo paseo por Cafayate, con nueva parada en la Casa de las Empanadas. Ya por la tarde pararíamos esta vez en el Museo Pachamama, antes de emprender la subida hacia el Infiernillo. El tiempo había refrescado, en el valles estábamos según el coche a unos 12ºC con el cielo despejado, tras dejar los 3000 metros de altura del Infiernillo, vislumbré un mar de nubes en el valle, al acercarnos destacó la vegetación helada, en unos minutos la temperatura pasó a -6ºC. Por suerte era un frío seco, y fue subiendo conforme proseguíamos el descenso hacia Tucumán. 


Llegaríamos de noche y de nuevo las pasé canutas para orientarme hacia el centro con la escasa señalización bien iluminada. Como era norma, el alojamiento resultó no ser fácil, acabamos en un hotel, era sábado y la ciudad con ambiente. La cena en "Il postino", tiene buenas críticas, mucho ambiente pero no resultó nada especial. Al día siguiente cogeríamos camino hacia Misiones, nos esperaban 20 horas de trayecto en guagua, tiempo para descansar y reponer fuerzas.





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lunes, marzo 11, 2013

Ischigualasto y Talampaya en un fin de semana

Ciertamente no recomiendo dedicar un solo fin de semana para visitar estos  parques argentinos, pero el ímpetu por aprovechar los días para recorrer varias zonas del norte argentino, me llevó a planificarlo así. 

Los parques de Ischigualasto (o Valle de la Luna) y Talampaya se encuentran a cierta distancia  de cualquier ciudad, las más cercanas son La Rioja y San Juan. En nuestro caso por la disponibilidad  de tiempo y la facilidad para conseguir un coche de alquiler, escogimos Córdoba, que está a algo más  de 400 kilómetros de cualquiera de los dos parques. Si se dispone de más tiempo es posible  organizarse con los servicios de omnibuses, pero requiere precisamente eso, más tiempo.

Era el primer fin de semana en Argentina, y con el recuerdo que tenía de las guaguas chilenas, la opción escogida fue llegar desde Madrid a Ezeiza (aeropuerto internacional de Buenos Aires), y viajar en un coche cama hasta alguna ciudad próxima a los parques. Como la llegada al aeropuerto era sobre las ocho de la tarde, por anticipado el destino con más opciones era Córdoba. Tras los múltiples consejos de no intentar llegar a Retiro a pie de noche por seguridad, usamos el servicio de bus de Manuel Tienda León. El precio es de aeropuerto, y el vehículo bastante añejo, pero por unos pesos más te dejan en la puerta de la terminal de Retiro.

No eran las 11 de la noche del jueves, y la primera sorpresa del viaje fue que sólo había plazas en un coche semicama a medianoche. Luego descubriríamos que comenzaba un fin de semana largo por la celebración del libertador San Martín. El mito de los coches cama que había conocido en Chile, esa noche desaparecieron. La única opción fue cutre, eran butacas viejas e incómodas con un aire acondicionado enfriando en exceso. No conseguir demasiado me permitiría contemplar el paisaje de La Pampa con sus infinitas plantaicones. Cuando se acercaba la hora de llegada, hubo una larga parada, que una hora después resultó ser una avería, de la que nos enteramos por otro pasajero. Curiosamente nadie se quejó (allá donde fueres haz lo que vieres). La compañía Plus Ultra - Mercobus (creo que el coche era de Mercobus) la recordaré por haber sido la peor experiencia durante esas semanas en Argentina.

Al final el retraso fue superior a dos horas, el cansancio, hambre y el incipiente resfriado marcaron la primera impresión de Córdoba. Al no tener claro si lograríamos conectar esa noche no teníamos reserva, unido a que resultó ser un fin de semana largo, no fue fácil ni encontrar alojamiento para por fin descansar, ni el coche para la mañana siguiente.

Tras descansar, el objetivo era llegar el sábado para el último turno en Ischigualasto, y reservar el domingo para Talampaya. Según la predicción de google los 400 y pico kilómetros se podían hacer a tiempo. La impresión era que sobraría tiempo, pero la realidad fue que  el trayecto desde Córdoba hasta Ischigualasto, presenta mucho tráfico, con innumerables cruces, semáforos y curiosas interrupciones. Sobre todo en la parte  inicial hasta prácticamente Cruz del Eje dado lo concurrido de la sierra cordobesa y alrededores. 

Al conductor novato en  Argentina, le sorprendían la cantidad de controles policiales que pueden surgir. Lo más sorprendente fue cuando en uno  de ellos, en la frontera con La Rioja, nos solicitaron colaboración (económica se entiende). Una vez alejados, el tráfico desaparece, es importante tener en cuenta que si llevas vehiculo, el número de localidades disminuye, y no hay que descuidar el depósito. Reposté en Chamical.  


Tras las peripecias, llegamos a Ischigualasto, también conocido como Valle de la Luna. Una curiosidad del parque, que no es atractiva, es que se requiere un vehículo para poder visitarlo, y es una pena pero no parece existir  otra posibilidad que recorrer la zona accesible en convoy con los guías. Según la información del parque  es también posible realizar un ascenso hasta un pico, pero desconozco si requiere ir acompañado de guía. Ambas  actividades tienen coste. Mi ilusión de llegar para el último turno es que podríamos disfrutar de los colores del parque con los últimos rayos de sol. Al ser el fin de semana, y festivo, el número de personas del convoy fue grande. Se realizan varias paradas, y en la última nos permitieron quedarnos sin prisas. La mayoría sin embargo se fue. Fue probablemente el mejor momento dentro del parque, con toda la tranuilidad para contemplar las luces y colores de la puesta de sol.


Desde Ischigualasto hasta Talampaya hay más de 100 kilómetros, y sólo una pequeña población entre ambos, Baldecitos, pese a que intentamos buscar referencias por si disponían de alojamiento, no lo conseguimos por  anticipado, y al pasar de noche por el caserío, no vimos nada que pareciera activo ni gente a quien preguntar.  Al día siguiente nos dirían que hay un albergue que está empezando y por eso no hay excesiva  publicidad. Hablaron maravillas del chivito. ¡Lástima!

En Talampaya tampoco hay alojamiento, está en medio de la nada. Se debe continuar hacia Villa Unión, o probar en los pequeños núcleos intermedios. Villa Unión cuenta además con gasolinera.  

Son unos 50 kilómetros más. En nuestro caso, lo divertido fue que coincidía con un fin de semana largo, y al llegar a Villa Unión, no había alojamiento de ningún tipo. Y todavía fue más preocupante cuando al intentar repostar en una gasolinera nos dicen que no tendrían hasta el lunes, y descubrir una cola en  la segunda. Afortunadamente la cola era exagerada, no estaban escasos. 


Preguntando nos comentan opciones de alojamiento 70 kilómetros aún más lejos. Distancias que para un canario resultan enormes. Así que optamos por darnos una buena cena, antes de deshacer los 50 kilómetros para dormir en el coche junto a la entrada del parque. Como la cena dejó recuerdo, merece la pena nombrar la parrilla "La Palmera", donde paramos por el nutrido ambiente que se observaba. Hambriento como estaba, primero senté las madres del largo dia con un plato de locro, antes de saborear mi primer bife de chorizo en Argentina. Decoración rústica, con un baño también muy curioso...

Imaginen un desierto, a unos 1000 metros de altura. Era Agosto, hubo suerte y frío no sufrimos, pero eso sí, como se pueden imaginar, el cielo estrellado  del desierto es espectacular, y el amanecer en esa soledad impactante. 
Obviamente por la mañana entramos los primeros en el parque. Y pronto descubrimos que este parque además ofrece posibilidades para el visitante. La entrada al parque da derecho al transporte a la entrada  del cañón, donde permiten realizar un pequeño paseo por la zona de los petroglifos. 


Pero cuidado, este transporte gratuito sólo se realiza a primera y última hora. De esta forma la gran mayoría de visitantes  se ven "invitados" a realizar la excursión en vehículo, que recuerda a la de Ischigualasto. Sin embargo , existe la posibilidad de realizar una ruta a pie con guía, eso sí las salidas se realizan temprano entre las 9 y las 10. Curiosamente sólo el 4% de los visitantes  la realizan. El coste es similar a la ruta en coche, pero yo lo recomiendo. Fueron unos 13km, que si ciertamente no cubren todas las paradas de  los visitantes motorizados, nos mostraron con mayor tranquilidad el ascenso por una quebrada anexa, para posteriormente descender al cañón de Talampaya, y disfrutar de toda su  inmensidad. 



Si vas con más tiempo, Talampaya cuenta con otras zonas para acceder algo más al sur, de las que otros caminantes me hablaron  muy bien ("¿Arco iris?").


La vuelta a Córdoba la hicimos a través de la cuesta Miranda, que fue mi primer contacto como conductor con una  de las pistas argentinas. Espectaculares vistas, pero alarga el trayecto. La llegada a Córdoba presentó de nuevo alguna dificultad para encontrar  alojamiento por la festividad, pero pudimos descansar antes de emprender camino hacia el NOA a la noche siguiente, no sin antes pasear por Córdoba con nuevos ojos y saborear una parrillada libre en la recomendación de un cordobés, "El patio" en 24 de septiembre.

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lunes, julio 23, 2012

Unos senderos en La Gomera

Como desde este mes La Gomera se ha convertido en reserva de la biosfera, recordé que el verano pasado tomé unas notas de los días que pasé en la isla, tras decidirlo sobre la marcha.

Como alojamiento optamos por "Los Telares" en Hermigua, curiosamente directamente no disponían de plazas, así que hubo que recurrir a touroperadores. el calor de la llegada nos llevaría a remojarnos al pie del antiguo pescante.


Tras años sin pisar la isla, la intención era intentar probar nuevas rutas, no bajaría desde Arure a Valle Gran Rey, por el calor evitaría el Benchijigua, y la visita a El Cedro sí que  no la evitaría. Así que para empezar optamos por subir desde Lepe hacia Juego de Bolas, y decidir si continuar posteriormente.

La subida desde Lepe (aparcamiento en la zona de la playa de Santa Catalina) hacia Agulo entre terrazas, mayoritariamente en desuso finaliza tras unos minutos en la cerretara a unos cientos de metros de la entrada de Agulo. Tras preguntar a unos mayores nos indican que sigamos la carretera hasta la primera  curva donde un sendero nos hará subir el ¿Zola?: "El camino les lleva". Comenzamos entre  aguacateros, mangas y vides. Con sorpresa,  tras el último cruce con la carretera, un folio fechado meses atrás indica un prohibido por  desprendimientos entre la zona del Chorro y el Barranquillo. Bueno, si se ve raro siempre se puede dar media vuelta. 



La subida comienza vertiginosa con escalones de piedra que dan poco respiro.  A pesar de la lluvia matutina, la humedad hace sudar con profusión. Más adelante suaviza un poco  y de vez en cuando hay algún llaneo. Cuando parece que aún falta subida, en un recodo a  nuestra derecha aparece un pequeño y coqueto valle, con su muro de la presa, luego leo que es la zona  de Los Chorros. De los peligros por desprendimientos ni noticia. Seguimos las indicaciones, no  muy profusas del sendero con la ayuda de un mapa, y tras pasar junto al mirador de Abrante, aún en obras,  y donde parece que están preparando una espectacular pasarela, nos dirigimos hacia el Juego de Bolas  en un terreno esa mañana algo embarrado pero de gran contraste con lo visto hasta el momento  y fayal brezal. 

Hemos llegado rápido, es temprano como para regresar, y según un mapa con no demasiado detalle, no estamos muy lejos del restaurante Roque Blanco. Optamos por seguir el GR en esa dirección desde el centro de interpretación. Al poco  las señales del GR comienzan a escasear, en un principio es sencillo con el mapa, pero en las proximidades  de Las Rosas, entre la falta de detalle del mapa y la ausencia de señales (o nuestra poca  intuición para localizarlas justamente en La Gomera) acabamos en senderos con zarzas, volviendo  atrás, descubriendo señales medio escondidas en zonas del GR con menos zarzas pero tampoco demasiado bien  mantenidos. En Las Rosas pudimos gozar de la amabilidad gomera, y nos indicaron la forma  de seguir hacia Roque Blanco, y gracias a ello, porque si llega a ser por las señales ...

Comida en Roque Blanco con chuletón y almogrote, incluyendo una buena hidratación antes de volver sobre  nuestros pasos y bajar hacia Agulo esta vez por la otra variante a la izquierda desde poco después del Juego de Bolas. Curiosamente en esta variante sí que se observaban destrozos por derrumbes que se habían llevado  las vallas en algunos puntos. Este sendero sigue en acusado descenso por un sendero empedrado en su mayor parte  hacia la carretera general, evitando el túnel llegando a Agulo, rodeando la montaña. Nuevamente  ahí un cartel de prohibido el paso esta vez por obras. Pese a se día laborable, nadie estaba trabajando y  sólo en los metros finales antes de alcanzar el cementerio, se puede ver que parecen estar  acondicionando unos escalones con piedra. Pero ciertamente no existía ninguna dificultad para  caminar por el sendero.

Nos acercamos luego ya en coche al parque marítimo de Vallehermoso, lástima que ya el sol se escondía tras la montaña, curiosa la vista del castillo del mar.

Otro día un recorrido más suave, dejando el coche en Pajarito, ida y vuelta a los Roques, algo más de 4km en cada sentido, con  la vuelta variando un poco por pista del sendero haca Imada. La señalización en la zona del  parque mejora notablemente. A la vuelta a Pajarito subida al Alto de Garajonay, a pesar de lo que indican los  carteles en Pajarito, apenas supera el kilómetro la subida escalonada. Me reciben  multitud de   mosquitas en la cumbre.



Descenso y en coche hacia Valle Gran Rey. Tras el baño del que se  dudaba con la niebla que aparece al comenzar en la tarde, y ver que el recomendado Paraíso  cierra los sábados, coche de vuelta, pero con desvío hacia Alojera que se convierte en la gran sorpresa  del día. Carretera espectacular con el sol preparando su puesta. Llegar a la playa, y sentarse a comer en el restaurante de la  playa. Eso sí sentarse fuera puede que te haga vivir en directo los juegos  de los niños y demás en la improvisada plaza del caserío. En cualquier caso un desvío muy recomendable.


El tercer día subida desde El Convento (Hermigua) hacia Garajonay. Una escalera frente al convento te lleva  a la parte alta donde siguiendo por unos cientos de  metros de asfalto, al acercarte al  cauce aparece la señalización de los arreglos de rehabilitación del sendero en 2010... El camino  está por tanto limpio, aunque sorprendía que siendo ya 2011 ver numerosos postes  de madera para las señales pero sin el cartel indicativo (!). El sendero comienza  entre fincas, coincidiendo en su camino con las tuberías que traen agua. Zonas suaves se combinan  con repechos escalonados que se van haciendo poco a poco más frecuentes. Echar la vista  atrás permite ver el valle de Hermigua con el roque. Aparece el muro de una presa que se salva por  la derecha y es de los primeros instantes en que aparece en todo su esplendor el Chorro  de El Cedro. Tras superar el embalse tendremos un buen repecho hasta el caserío,  a base de escalones en ocasiones de piedra. Un mirador permite contemplar el chorro, antes de  enfilar el trayecto ya vallado hasta la zona del caserío, donde el restaurante la vista  nos recibe. Zona de llegadas en coche, y más senderistas. Suavemente, tras pasar a un lado del  túnel/galería, un trocito de asfalto hasta tomsar de nuevo el sendero camino de la  ermita (recomendable leer el cartel donde se indica la razón de su erección (sic)).


El bosque de laurisilva  comienza a destacar sobre todo, el sendero continúa junto al arroyo hasta pasadas Las Mimbreras.  Cuando deje el curso del arroyo será señal de comiento de los repechos escalonados que nos  dirigen hacia El Contadero, que con humedad favorecerán el sudor y harán preguntarse a más de uno  por la elección de laruta. Desde este punto hasta Garajonay, esta vez sin mosquitas, es un trayecto breve, en días soleados  como aquel, se pueden ver con facilidad Tenerife, Gran Canaria, La Palma y El Hierro. Volviendo  hasta Hermigua por el mismo camino con parada incluida al bajar en el restaurante La Vista de  El Cedro para hidratarse, comer un potaje, queso, unas papas y un gomerón para lo que queda de  bajada, a un ritmo medio (ojo, para alguien quien superar un desnivel de 1000 metros no  represente un reto) supusieron menos de 7 horas.


Para cerrar las excursiones, nos acercamos a Chipude con la curiosidad de intentar subir a la conocida Fortaleza. Un pateo breve se puede alcanzar la cima de la imponente fortaleza.  Una zona más estrecha y con escalones de piedra conforman la única dificultad para alcanzar  la zona más alta. Imponentes vistas acompañan al caminante que se aventure en días soleados.


En San Sebastián, tuvimos además tiempo de probar ventresca fresca en un local próximo a a calle Real, y el conejo de La Cabaña.

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domingo, junio 17, 2012

De paseo por el norte de Aragón y Cataluña



Había cumplido con el reto de las dos caras del Aneto, y sólo eran el comienzo de las vacaciones. Cierto es que de camino a Benasque hubo una pequeña parada en Cervera. Donde cuentan que al pedir puerto de mar, y ser complicado, les dieron universidad. Conocimos su callejón de las brujas, saboreamos los mejillosnes del cine, en las cercanías y con la vista en la llanura de Lérida, nos dejamos llevar al pantano de Montgai y Camarasa, probando la butifarra y bull locales.



Ahora tocaba recuperar piernas un par de días en la tranquilidad de Benasque, volviendo a pasar, ya sin prisas, por la hermosa zona de los Llanos del Hospital con su verde valle que embriaga a mis ojos canarios,  con las patas en el agua, y las vistas del Aneto desde el curioso sumidero de Aigualluts, donde las aguas del deshielo desaparecen adentrándose en la tierra.


Además de los senderos, las cercanías de Benasque, permiten hacer actividades acuáticas como rafting en Campo. Muy divertido, además de incluir tramos también para niños. Nos apuntamos con Eseraventura, que vende aparte las fotos que te hacen. Resultó curioso de repente ver a alguien embutido en un neopreno y pensar, esta cara la conozco yo de Gran Canaria. Tras Benasque y sin ruta decidida, optamos por Jaca.


Tras pasar la noche en Jaca nos tocaba decidir próximo destino. Tenía el cosquilleo de acercarme a Ordesa, pero las referencias es que serían una zona con mucho tránsito y no tan tranquila. Así que improvisando me puse a buscar senderos en Huesca, despertando la curiosidad Alquézar y El Salto de Roldán. Antes de decidir, nos acercamos a Canfranc, preciosa la estación de tren, y nos hicimos un sendero cerca de Candanchú que partiendo de Somport iba tocando la frontera. Un apretón provocado por algo del desayuno, me haría dejar mi marca sin tener muy claro si en España o Francia. La niebla ,sólo al final descrubrimos que la estación de esquí estaba cerquita, nos hizo decidirnos por Guara.

Ignoraba que las peñas que franquean el Salto de Roldán, fuera símbolo de la provincia, tanto como lo puede ser El Nublo para Gran Canaria. Acercarse a La Peña de San Miguel para ver el salto, nos llevaba por carreterillas solitarias sin coches. En realidad en el punto de partida del paseo, apenas estaban otros dos o tres coches. Subir a la peña, tiene su pequeña diversión varios pasos sencillos de ferrata, y la sospresa de encontrar en lo alto de la peña, soledad y los restos de una capilla y fortín. Hacia un lado la sierra de Guara, hacia el otro la llanura y Huesca, en el cielo las rapaces. Un lugar con mucho encanto.

Las buenas sensaciones nos dejaron claro intentar descubrir unos días la zona de Guara, siendo además zona de Somontano. Parar en Barbastro para que nos dijeran que la zona estaba bastante concurrida, y adentrarnos junto al río Vero hacia Alquézar buscando una habitación. Fue más complicado de lo que se podría pensar, pero el destino nos llevó a una casa rural  (sin posibilidad de uso de la cocina) en el pequeño Bierge, cuyo dueño además compagina como guía de barranco (bueno, primero guía). Bierge cuenta con un par de lugares para comer (para saborear si pasas unos días), un bar y una tienda. El bar con sorprendía además de por las aceitunas y las cervezas frescas a buen precio para una tarde calurosa, con su wifi. Parece mentira que los hoteles cuantas más estrellas más te cobren internet y los sitios más insospechados te lo pongan más fácil. Bierge rezumaba tranquilidad, cena al fresco con cordero y vino Somontano. Sin palabras.


Habiendo improvisado y sin una guía, la mañana siguiente surge la primera sorpresa cuando unas turistas me preguntan por la calle por el salto de Bierge. ¿Qué será eso? Veo luego un cartel y nos acercamos al salto de unos 9 metros, para darnos el baño mañanero antes de ir a conocer Alquézar. Ni  se me ocurre pensar en saltar, no me inspira tirarme a esa altura en bañador ... 

En Alquézar recomendar dar una vuelta por el pueblo, la visita a la colegiata de Alquézar. Divertidas escaleras. Muy bien atendida y guiada.  Todo un lujo. Luego cuando ya apretaba más el calor, tocó bajar al río por la Ruta de las Pasarelas, aprovechar el río para refrescarse antes de  regresar a la relajanta tranquilidad de Bierge.


Otro día tocó Rodellar por el renombrado Cañón del Mascún. Multitud de escuelas de escalada, y los menos de senderos para contemplar el dolmen de la losa mora, acercarse al despoblado de Otín, y regresar a Rodellar entre las espectaculares agujas del barranco.

Guara es de sobra conocidad por el barranquismo. Sorprende ver que la mayoría de los turistas son franceses, tal es así que incluso el barranco que hicimos, el resto eran todos franceses. Siendo verano nos recomendaron un barranco con agua, La Pionera inferior. Tras un pequeño pateo inicial de bajada al cauce, ponerse el neopreno y a disfrutar. Barranco espectacular, mucha agua, con muchos juegos de agua, algunos
sifones, bonitos saltos in crescendo y finalizando en el salto de Bierge, que con el neopreno puesto era más llevadero.

Tras los relajantes días en Guara, tomamos ruta hacia el Valle de Arán, antes sugerir parada en Barbastro para comprar algún Somontano. Paseando por Barbastro, los precios nos parecieron algo mejores en Vinos Murillo antes que en el museo. De camino parada para pasar noche en Tremp. Nunca había escuchado el nombre de esta localidad. Preguntando por algún sitio para comer, nos enviaron a Lo Quiosc junto al pantano. Los alrededores bonitos, el interior con aspecto muy cool, pero no gratamente sorprendidos ni por los precios, ni por la comida que se basaba exclusivamente en embutidos y quesos. No había nada caliente, bueno el vino ("Hay personas a quienes les gusta así" fue la respuesta). El local más decepcionante de todo el viaje.


Antes de llegar a Arán, se apreciaba el cambio de temperatura. Si tienes ocasión, acércate a hacer algún sendero en el parque nacional de Aigüestortes también antes de pasar el túnel de Vielha. Pasamos del taxi que te acerca a Aigüestortes y optamos por hacer la subida y bajada a pie, disfrutando de alguna que otra fresa silvestre. Vía internet habíamos localizado una fonda, Eth Petit, en Escunhau a poquitos kilómetros de Vielha. Confortable, acogedora, tranquila y hasta con wifi de nuevo. Vielha tiene movimiento en agosto con mercado y gente en las calles. Si estás en el valle, puedes probar la olla aranesa. Fue una sorpresa descubrir que el valle lleva sus aguas hacia Francia.

El Valle de Arán ofrece múltiples senderos, la posibilidad de pasar a Francia. Me gustó pasaer por el hayedo de Carlac, y luego tuve curiosidad por ver el otro lado del puerto de la Picada (trail del Aneto), pero la niebla y la consecuente falta de visibilidad arriba, me quitó el interés por subir hasta el paso, así que nos quedamos paseando por la hermosa Artiga de Lin. Muy cerca del cruce que te lleva hacia la Picada está Uelhs deth Joeu, el punto donde surgen las aguas que desaparecen en Aigualluts en el valle de al lado. Espectacular el Gran Circo de Colomérs, que si alguien no quiere caminar permite también el acercamiento en taxi. Pero asegurar que el sendero tiene su interés, no es tan espectacular como la zona del circo, y eso sí, de dos a tres horas un sentido hasta donde te deja el taxi.


Tras Vielha, decidimos cambiar de contexto y nos dirigimos a Gerona, bastante carretera, y espectaculares puertos saliendo del Valle de Arán.  Acercarse a la costa significó perder la tranquilidad. Girona y su coqueto y céntrico albergue junto al barrio judío, aún rezumaban tranquilidad, pero ir a curiosear el museo Dalí a Figueras y dar una vuelta a Cadaqués. recomendables sí, pero seguro que no en Agosto. lallegada a Cadaqués  proporciona agobios, caravanas y calores, y la espera en Figueras para entrar en el  museo otro tanto. Creo que nunca he estado en un museo con tanta densidad de personas por metro cuadrado ...


La clausura del viajito finalizaría conociendo Monserrat a través de sus senderos, el día del regreso dando una vuelta por Barcelona sus ramblas y barrio gótico, además de disfrutar un pollo asado en "Los caracoles".

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domingo, diciembre 25, 2011

Improvisando senderos en los Alpes


Tras pasar unos días en la Italia más meridional, quedaban días de vacaciones y dentro de Italia, las ganas tiraban hacia Alpes. Barajando las conexiones desde Palermo, Milán aparecía como el aeropuerto de destino más económico, así que nos fijamos como destino el Valle de Aosta, que permitía además echar un ojo a algún tramo del mítico UTMB apenas un par de semanas antes de su celebración, a la postre incompleta, en 2010.

Significaba pasar del calor de Agosto siciliano al verano de montaña, siempre más variable, inesperado y con posibles sorpresas. Luego recordaría que en apenas una semana había pasado de entrar en una iglesia a sentir algo de fresco en Modica, a entrar en Aosta en un día lluvioso a coger algo de calor.

Tras aterrizar en Milán al acabar la tarde, la búsqueda de un alojamiento a medio camino nos llevaría a la coqueta, tranquila y agradable villa que acoge al Ostelo Verbania junto al Lago Maggiore. Según el mapa además del encanto del lago tanto de día como de noche, se veía incrementado a mis ojos por el Parque Nacional Val Grande. Una pequeña excursión puede ser acercarse a Cicogna, incluso la carretera de llegada, con unos 8 kilómetros estrechos y tortuosos suponen un atractivo. Si acudes sin mapa allí mismo podrás encontrar una oficina de información, que proporciona lo suficiente como para hacer alguna pequeña ruta. La opción escogida fue ir hasta Pogallo, pero en un recorrido circular que nos dirigía en ascenso primero hasta casi 2000 m hacia la Cima Sasso, para luego descender a Pogallo y ya retornar por el estrecho valle. El día no se decidía a abrir y finalmente optamos por no llegar a la cima, dado que la niebla, presente a cierta altura, no prometía ver gran cosa. Tras el solitario paseo por la parte alta, la zona del valle con su historia partisana y de antigua explotación madedera. Un acogedor comienzo de la semana que se presentaba senderista.

La improvisación al día siguiente nos llevaría a Macugnaga, al pie del Monte Rosa, una transitada estación de esquí en invierno, y también con mucha mayor presencia humana en verano que Val Grande. Con nuestras zapatillas de verano, escogimos subir hasta el refugio Zamboni y dependiendo el tiempo quizás ver los lagos cercanos, con la esperanza de que no cayera agua y que las nubes no estuvieran siempre presentes y dejaran no solo intuir las moles imponentes que circundan el circo. Por suerte desde donde no llega el telesilla, los caminantes casi desaparecen, impresionante atravesar la morrena, el propio glaciar, y las fugaces apariciones de las moles de más de 4000 metros. Ya por la tarde y a la búsqueda de algún lugar para cenar, rodeamos el lago hacia Lugano, y tomamos un desvío antes de llegar hacia Santa María Maggiore, me sonaba de algo (ignorante de mí luego sabría que es una de las catedrales de Roma), por una enrevesada carretera. Al llegar el éxito fue escaso, la cocina cerraba a las 20 horas y llegábamos tarde. Nos quedaba la opción Lugano, aunque ya parecía complicado. Por suerte llegando a Re, sin saberlo, apareció un cartel de la Trattoria Gargino, donde gracias a que estaban celebrando una especie de bingo, la cocina estaba abierta. Polenta y carnes de caza. El impresionante santuario de Re que surge de repente en la oscuridad, cruzar la frontera por un puesto sin control, al menos a esas horas, parar a un muchacho que hacía dedo y que lo primero que decía era algo como "Escusad mi mal olor, pero soy pastor y llevo varios días con las vacas", fueron el resto de experiencias del día.

Al día siguiente tocaba entrar ya en el Valle de Aosta, siguiendo con la improvisación acabaríamos encontrando alojamiento en otro albergue juvenil, esta vez La Batise en Bionaz, a casi 2000 m de altura. Realmente recomendable tanto el estupendo albergue, Vallepine es un valle tranquilo, con abundancia de senderos, vistas espectaculares, y el queso fontina. Leería además el tour del Cervino/Matterhorn, que toca la parte alta del valle. La cena agradable y rústica en Lac Place Moulin (32€ 2pax), junto al embalse.



Además de las excursiones tanto cortas como largas en el propio valle, nuestro primer intento fue acudir Cervinia, con el objetivo de tener suerte y ver esa preciosidad de montaña, el Cervino, y caminar unas horas. En la oficina nos avisan de la amenaza de lluvia, pero con el recién adquirido mapa, evitamos el teleférico, y para disfrutar la subida, nos curramos la subida (y luego la bajada) pasando por Breuil hasta el Theodulpass algo por encima de los 3000 m. Por suerte no llovió, y las nubes nos dejaron ver el pico en algún momento. Grupos de senderistas camino a Zermatt o que llegaban a Cervinia. Con poco abrigo, y las playeras de verano, no se podía seguir (tampoco era la intención). El camino continua por un glaciar hacia Zermatt y aconsejan contratar guía.


Al día siguiente el mal tiempo apareció, por la tarde además arreció la lluvia, fue un día de carreteras. En días así, toca descubrir paisajes por carretera. Sugiero el paso del Gran San Bernardo, y visitar Courmayeur y Aosta. Las nubes impedían ver algo hacia arriba, y sería divertido encontrar numerosas caras del albergue en Aosta. Cenita rica en Le Pèlerin Gourmand en Aosta.


Esa noche nevaría por encima de dos mil metros, y te puedes imaginar el espectáculo del paisaje a la mañana siguiente cuando aparece el cielo azul y los picos manchados de blanco desde la ventana de La Batise. La elección de día fue hacer una ruta en el mismo valle que tocaba el tour del Cervino y nos llevaba de nuevo hasta la frontera suiza a 3000 m de altura en el paso del Col de Collon, en cuyas proximidades está el refugio Nacamuli. Paisajes espectaculares para los ojos de un canario, nieve fresca que se apresuraba a derretir, aumentaba el caudal de los arroyos, pero permanecía conforme se ganaba altura. Alguna marmota, e incluso una familia de íbices. Conforme nos acercábamos al refugio, los arroyos empezaron a ser algo más incómodos de pasar, sobre todo por el interés en no mojar las playeras, dado que tardarían en secar con la cada vez más presente nieve. Viendo ya el refugio, el paisaje nevado era genial, pero nadie había pisado el sendero y era imposible no mojarse los pies con la nieve. Cuando pensábamos volver, aparecen dos senderistas del albergue con botas y podemos usar los huecos que dejan sus pisadas, hasta un punto en que ya ni así. Media vuelta y a seguir disfrutando del paisaje. Llegaríamos a tiempo de la fiesta del pan con polenta, salchicha y queso del pueblo.


El último día en la zona se lo regalamos a tour del Mont Blanc, nos dirigimos de nuevo a Courmayeur, y tuvimos suerte con el tiempo para hacer un trecho del TMB. Nos dirigimos al refugio Elisabetta tras conseguir un mapa en la oficina de información. Subidas, sol, gente retozando, y mucha gente en la zona del lago en la parte alta, se nota que se puede llegar en teleférico. Las zonas más tranquilas vendrían luego, ya sin acceso en teleférico, con impresionantes vistas del Montblanc. El descenso vertiginoso, donde de nuevo aparecieron as marmotas, nos llevaría al lago Combal, donde optamos por no seguir y regresar a Courmayeur. La vuelta por ese sendero marcado tiene zonas de carretera, que son realmente muy incómodas, no pude entender que la marcaran en el mapa como recomendable, siendo peligrosas por los conductores. Cena en el agriturismo de Nus, menú fijo, rico Maison Rosset (60€ 2pax).


Tras el valle unos días con amigos cerca de Milán. Siempre es una suerte contar con sugerencias locales que te llevan lejos de los circuitos. Excursiones a pie desde Brunate al Monte Boletto, con panorámicas del lago di Como. El espectacular monasterio de Certosa di Pavia, la llamativa plaza de Vigevano, y las más conocidas vistas de Milán con su duomo (merece la pena desde la terraza de la Rinascente) y las noches junto al Naviglio.

Esta vez tuve además la ocasión de hacer una breve parada de mi vieja conocida Génova. Ciudad menos transitada por el turismo, pero cuna del pesto, con su famosa focaccia genovesa, dicen que ciudad natal de Colón, quizás pero seguro que de muchos marinos, su variopinto centro histórico llenos de callejones con mayores y menores sombras. Y quien por allí esté y además quiera caminar debería conocer los senderos del promontorio de Portofino, y los más nombrados de Cinque Terre.

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miércoles, septiembre 14, 2011

HK

La isla de Hong Kong es de un tamaño considerablemente menor que el de Gran Canaria (tan solo 80 km2). Tanto en la isla como en la región, que tiene parte continental, han optado por un desarrollo de crecimiento vertical que asombra a unos ojos de otro isleño pese a las expectativas previas de encontrar una megaciudad atestada y llena de rascacielos.

A mi llegada a las siete de la mañana, después de las tribulaciones del viaje, al aeropuerto, lo primero que llama mi atención son los paneles que alternan la información en chino e inglés, el calor húmedo del exterior, y la visión lejana de algunas torres organizaditas y agrupaditas junto a unas colinas no tan suaves.


Durante la espera gracias a la incompetencia de British Airways con mi equipaje, y esperando el transporte que me llevaría al hotel, fue ver que los precios de las botellas de agua en el aeropuerto no eran excesivos. Pensé, si aquí cuestan esto, en la ciudad costarán aún menos. Me equivocaba, los precios eran similares, al igual que en restaurantes. Una estrategia de venta muy diferente a la de los aeropuertos que uno visita más a menudo.

En el trayecto al centro en guagua, comienzan a verse más de cerca las torres de viviendas, no acristaladas de los habituales rascacielos de los centros de negocios, sino más sencillas y en las que llamaba poderosamente la atención los cientos de aparatos de aire acondicionado, que daban la impresión de ser uno por ventana.


La disposición de los edificios era realmente vertical, no se veían urbanizaciones. Llamaba la atención apreciar que alrededor de torres y rascacielos se encuentran colinas y montañas, con vegetación frondosa. Días más tarde visitaría el pico más alto, con algo menos de 1000 metros en la isla de Lantau, y ronda los 550 metros en pico Victoria en la isla de Hong Kong.

Llegaba un domingo, tras desayunar y ducharme, no conseguí conciliar el sueño en un intento de cabezada. Decidí dar un paseo, primero para adquirir algo de ropa porque después de haber salido el viernes, la maleta aún estaba por llegar (gracias British Airways). No descubro nada escribiendo que Hong Kong (HK) es una ciudad comercial, pero combina los mercados de calle que resultan más exóticos para un occidental, con las grandes torres comerciales donde un centro comercial puede ocupar una serie de pisos pero difícilmente la torre completa, como ocurre en Causeway con por ejemplo la torre comercial Times Square, frente a los callejones de mercadillos cercanos, donde lo que a primera vista parece una tienda de frutos secos, resulta vender muchas más cosas secas que simplemente frutos secos, o las pescaderías donde nada parece estar muerto, infinidad de pequeñas bañeras muestran el producto.

Mayoría de población china en las calles, tranvías que daban un sabor añejo, y en horas punta infinidad de personas cruzando por los pasos de peatones. Sabías que querías cruzar, pero con el muro de gente que caminaba en dirección contraria parecía casi imposible. Menos mal que era más alto que la media ...

Pese a que el transporte público es muy bueno y no caro, pudiento sacarte fácilmente la tarjeta Octopus, recargable y válida para hacer algunas compras. Olisnear en una ciudad me inclina a hacerlo a pie. Caminaría luego hacia Central, pasando cerca del palacio de congresos junto una de las paradas del Star Ferry (recomendable para cruzar a Kwoloon, o a la inversa, barato y permite tener otra vista de la ciudad).



En las zonas céntricas las torres acristaladas están a menudo unidas por pasarelas que facilitan el tránsito a pie en zonas de mucho tráfico. Se notaba el calor en mi trayecto hacia Central. Empezó a llamarme la atención la cantidad de personas que en las plazas y pasarelas hacían picnic, charlaban, jugaban a las cartas, organizaban coreografías, o incluso cantaban. Ya en Central había calles cortadas con cientos de personas, mayoritariamente mujeres, disfrutaban de su tiempo de ocio. No eran chinos, luego sabría que los domingos el personal de servicio, mayoritariamente filipinos, libra y se reúne en esa zona.

Por la noche sería la recepción del congreso que me ocuparía durante la semana, pero en el camino de vuelta hacia el hotel, a pesar de que el sueño del cambio horario se hacía muy patente, me acerqué a ver el skyline nocturno de Kwoloon, desde los aledaños del palacio de congresos.

El resto de los días, conocer la ciudad se limitató a las horas de la tarde y al fin de semana. El lunes usé por primera vez el Star Ferry para acercarme a Kwoloon. La zona de la ciudad en el continente. Desplazamiento con los ojos muy grandes viendo caer el sol,. Eso sí, ver el agua de cerca no daba ninguna gana de bañarse. Llegar a Kwoloon te hace descubrir multitud de zonas comerciales más. ¡Uf! Con otros colegas esperamos al espectáculo de luces. con los rascacielos en el paseo de las estrellas.

Luego tendría mi primera experiencia comiendo noodles japoneses en sopa con palillos (en un local de lo que parece una cadena, Ajisen Ramen), y el primer vaso de agua tibia al sentarme. Ese día como era opaco pensé que sería una infusión ligera. Aún no tengo claro la costumbre, me daría cuenta días más tarde cuando tras regresar de un pateo con mucho calor, aluciné al comprobar que no me servían agua fresca sino tibia ...

Si tienes tiempo en esa zona, no dejes de visitar el mercado nocturno de Temple Street. Aunque sólo estés curioseando cabarán haciéndote regatear, parece imposible escapar ...


Yendo hacia el norte desde Jordan street, la siguiente intersección tenía mucho ambiente para comer y tomarse una cerveza, y como turistas junto a locales acabamos comiendo pescado frito en el local llamado Spicy Crabs (quizás) con palillos y cerveza San Miguel de HK.

Por toda la ciudad, alejándose de los macro centros comerciales, los negocios parecen ir por zonas, barrios con tiendas de animales, electrónicas, de flores, mercado de jade, eso sí, no parece existir una manzana sin tiendas.


Pero Hong Kong ofrece mucho más que la ciudad y sus tiendas. Aprovechando que me quedaba el fin de semana, investigué por las posibilidades de hacer trail, y no son pocas. En realidad hay gran cantidad de orografía protegida que ofrecen al visitante zonas natural que quizás nadie que no ha vititado HK lo asume de antemano.

Son cuatro los trails recomendados en Hong Kong: Lantau, Macleose, Wilson y Hong Kong. Una página que me sirvió para conocer detalles de los distintos recorridos es la de Roz. El cuarto de ellos recorre la isla de Este a Oeste a lo largo de 50 kilómetros repartidos en 8 secciones, imagino que por las posibilidades que las misma ofrecen de acercarse por medio de transporte público.
En mi caso pude recorrer la etapa 3 del Lantau trail y hacer completo, en dos partes, el HK trail.
En las secciones que pude realizar de Lantau y Hong Kong, destacan las vertiginosas subidas y bajadas que están habilitadas frecuentemente con escalinatas. En esas zonas probablemente si no existieran, la vegetación y las lluvias dejarían impracticables los senderos rápidamente.



El pico más alto, con algo menos de 1000 metros en la isla de Lantau, debe ofrecer buenas vistas en días claros, ... en mi caso no tuve esa suerte. Con el objetivo de caminar/trotar un poco tomé el metro hasta Tung Chung y como buen turista el teleférico (hay guaguas) hasta Ngong Ping, donde se encuentra el buda de Tian Tan. El plan era visitar un poco y luego hacer un trozo del trail, teniendo en cuenta que no disponía de linterna.


La subida hasta el pico desde el buda, pese a ser corta, me hizo sudar la gota gorda por la humedad ambiente. El recorrido si bien solitario se caracteriza por ser en numerosas partes escalonado y no contar apenas con vegetación de porte. Cuando llegaba al cruce de la carretera, era algo tarde y no me aventuré a cubrir otro sector sin disponer de un frontal, así que decidí seguir la carretera y dirigirme hacia la estación de metro den Tung Chung. Por cierto, las carreteras que me encontré siempre tenían una buena acera que permitía no tener que esperar por la guagua (por cierto bastante frecuente) sino incluso echarte a trotar en el descenso. La única sorpresa, las vacas pastando junto a la carretera de no precisamente poco tráfico. Ya en las cercanías de la población aparecen enormes torres y el consecuente centro comercial anexo. En este en concreto me resultó bastante complicado comunicarme en inglés, en realidad no me encontré con otro occidental hasta que más tarde llegué a la estación de metro.


Aprovechando las buenas sensaciones que corretear por las islas me produce, y una vez que ya hemos probado a buscar competiciones cuando estamos por ahí (Etna),

El HK trail es más corto, 50 km, estando su punto intermedio a no tanta distancia del centro. Vamos que te lo puedes hacer como calentamiento. Antes de volar hacia HK busqué posibles carreras para los días que estaría allí. Eran varias las convocatorias, y por suerte encontré una, que si bien era corta, era en subida, lo cual me motivaba: en la Victoria to Peak Challenge.

Aproveché la prueba, para arrancar el día primero con la subida desde el puerto Victoria al pico (aquí el enlace a la minicrónica). Tras el opíparo desayuno, siendo apenas las 10 de la mañana, mi plan era intentar continuar esa mañana y hacer el primer sector del Wilson Trail hasta Stanley. Pero preguntando en la meta de la carrerita me comentaron el inicio de ese primer sector del Wilson Trail estaba lejos. Me recomendaron hacer 25 kilómetros del Hong Kong Trail (o coger un taxi). Opté por cambiar uno por otro, y tras recoger la mochila, con agua y algo de avituallamiento, me dirigí a seguir la señalización y cubrir las cuatro primeras etapas hasta Parkview, justo en la encrucijada con el Wilson Trail, desde donde esperaba regresar a la ciudad.

Las vistas de la ciudad son imponentes desde esa zona. El recorrido posteriormente es bastante sencillo, sin embargo, a pesar de la abundante señalización tuve un par de despistes, o quizás se deba a que en ocasiones la señalización no indica que estás en el trail sino hacia lugares, que pueden ser intermedios o no, y de los cuales los nombres no me resultaban fácil de retener. Pese a todo, llegaría con bastante facilidad a Parkview, tras pasar numerosas zonas de parques, otras asfaltadas, de tierra, otras más solitarias, con vistas al puerto de Aberdeen y el cementerio. (Posteriormente viendo alguna escena de Tom Raider, aseguraría que fue rodada justamente allí), y una subidita en la parte final cuando ya en calor exageraba estaba buscando donde refrescarme. Una gasolinera me daría la oportunidad de hacerlo en Parkview, con una económica lata de San Miguel de medio litro con anilla como las de antes. Fue lo suficiente refrescante como para considerar que ir hasta el hostal donde me quedaba el fin de semana (y donde aprendería lo que es una habitación sin ventanas) en la céntrica zona de Causeway. Tenía curiosidad por averiguar si era sencillo llegar al centro a pie. Realmente no fue complicado, diría que un 97% con acera. Me pareció tan sencillo que al día siguiente haría el recorrido inverso para continuar con la segunda parte del trail.

Las últimas 4 etapas fueron mucho más calurosas. Con más caminantes, los locales mayoritariamente escuchaban música (sin auriculares), las mujeres que portaban parasoles y escasos corredores chorreantes por el calor. En cuanto a paisaje quizás fueron los últimos dos sectores del día los que más me agradaron. El sol apretaba, por suerte comenzaron a surgir algunos arroyos y acabaría metiéndome por completo en uno con la compañía de una libélula. Hasta ese momento había procurado no beber agua no embotellada, pero el calor lo impidió, suerte de los arroyos. Este tramo tiene más subidas y bajadas, y antes del trozo final se dirige hacia el mar a una playa en Tai Tam Bay. Con el calor que hacía iba con la idea de meterme en el mar, pero llegar allí, y no ver a gente en el agua me dio mala espina, y opté por continuar hacia el destino. Viendo en googlemaps lo que hay al lado tras un recodo de la costa quizás tenga su sentido).

Seguiría el sendero con una subidita, donde tuve una pérdida importante sin percatarme ya que de repente observé que según la señalizacion iba en sentido contrario (!). Ni me enteré de haber cogido aparentemente un atajo. Es la zona más al Este de la isla, y la playa que se ve abajo sí tenía bañistas. Sin embargo, las ganas ya estaban bajas y apetecía más buscar líquido. Así que en lugar de llegar hasta Shek O, me dirigí a Wai Chan. En el camino debía pasar por un cementerio (curioso a los ojos de un canario). En la puerta pregunté por la estación de metro, y como era lógico me dirigieron hacia el centro comercial desde el que acceder a la estación. Sancochado entré en el centro comercial refrescado a base de aire acondicionado donde primero me dirigí a un supermercado a reponer líquidos. Compré un curioso zumo de aloe de 1 litro que entró divinamente, a lo que siguió una cerveza mientras comía en un local del centro comercial, donde era el único occidental. Mi experimento no me dejó nada encantado .... El plato que escogí no lo recordaré por lo agradable que me resultó, en particular digamos medio huevo duro. Ya fue raro morderlo y encontrarme con la cáscara (era blanca y mi sensibilidad con los palillos es escasa), pero el sabor fue realmente diferente y no precisamente atractivo. Tras la experiencia culinaria optaría por coger el metro hacia "casa", darme una ducha y luego meterme en la marabunta de personas comprando en Causeway Bay.



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