domingo, diciembre 25, 2011

Improvisando senderos en los Alpes


Tras pasar unos días en la Italia más meridional, quedaban días de vacaciones y dentro de Italia, las ganas tiraban hacia Alpes. Barajando las conexiones desde Palermo, Milán aparecía como el aeropuerto de destino más económico, así que nos fijamos como destino el Valle de Aosta, que permitía además echar un ojo a algún tramo del mítico UTMB apenas un par de semanas antes de su celebración, a la postre incompleta, en 2010.

Significaba pasar del calor de Agosto siciliano al verano de montaña, siempre más variable, inesperado y con posibles sorpresas. Luego recordaría que en apenas una semana había pasado de entrar en una iglesia a sentir algo de fresco en Modica, a entrar en Aosta en un día lluvioso a coger algo de calor.

Tras aterrizar en Milán al acabar la tarde, la búsqueda de un alojamiento a medio camino nos llevaría a la coqueta, tranquila y agradable villa que acoge al Ostelo Verbania junto al Lago Maggiore. Según el mapa además del encanto del lago tanto de día como de noche, se veía incrementado a mis ojos por el Parque Nacional Val Grande. Una pequeña excursión puede ser acercarse a Cicogna, incluso la carretera de llegada, con unos 8 kilómetros estrechos y tortuosos suponen un atractivo. Si acudes sin mapa allí mismo podrás encontrar una oficina de información, que proporciona lo suficiente como para hacer alguna pequeña ruta. La opción escogida fue ir hasta Pogallo, pero en un recorrido circular que nos dirigía en ascenso primero hasta casi 2000 m hacia la Cima Sasso, para luego descender a Pogallo y ya retornar por el estrecho valle. El día no se decidía a abrir y finalmente optamos por no llegar a la cima, dado que la niebla, presente a cierta altura, no prometía ver gran cosa. Tras el solitario paseo por la parte alta, la zona del valle con su historia partisana y de antigua explotación madedera. Un acogedor comienzo de la semana que se presentaba senderista.

La improvisación al día siguiente nos llevaría a Macugnaga, al pie del Monte Rosa, una transitada estación de esquí en invierno, y también con mucha mayor presencia humana en verano que Val Grande. Con nuestras zapatillas de verano, escogimos subir hasta el refugio Zamboni y dependiendo el tiempo quizás ver los lagos cercanos, con la esperanza de que no cayera agua y que las nubes no estuvieran siempre presentes y dejaran no solo intuir las moles imponentes que circundan el circo. Por suerte desde donde no llega el telesilla, los caminantes casi desaparecen, impresionante atravesar la morrena, el propio glaciar, y las fugaces apariciones de las moles de más de 4000 metros. Ya por la tarde y a la búsqueda de algún lugar para cenar, rodeamos el lago hacia Lugano, y tomamos un desvío antes de llegar hacia Santa María Maggiore, me sonaba de algo (ignorante de mí luego sabría que es una de las catedrales de Roma), por una enrevesada carretera. Al llegar el éxito fue escaso, la cocina cerraba a las 20 horas y llegábamos tarde. Nos quedaba la opción Lugano, aunque ya parecía complicado. Por suerte llegando a Re, sin saberlo, apareció un cartel de la Trattoria Gargino, donde gracias a que estaban celebrando una especie de bingo, la cocina estaba abierta. Polenta y carnes de caza. El impresionante santuario de Re que surge de repente en la oscuridad, cruzar la frontera por un puesto sin control, al menos a esas horas, parar a un muchacho que hacía dedo y que lo primero que decía era algo como "Escusad mi mal olor, pero soy pastor y llevo varios días con las vacas", fueron el resto de experiencias del día.

Al día siguiente tocaba entrar ya en el Valle de Aosta, siguiendo con la improvisación acabaríamos encontrando alojamiento en otro albergue juvenil, esta vez La Batise en Bionaz, a casi 2000 m de altura. Realmente recomendable tanto el estupendo albergue, Vallepine es un valle tranquilo, con abundancia de senderos, vistas espectaculares, y el queso fontina. Leería además el tour del Cervino/Matterhorn, que toca la parte alta del valle. La cena agradable y rústica en Lac Place Moulin (32€ 2pax), junto al embalse.



Además de las excursiones tanto cortas como largas en el propio valle, nuestro primer intento fue acudir Cervinia, con el objetivo de tener suerte y ver esa preciosidad de montaña, el Cervino, y caminar unas horas. En la oficina nos avisan de la amenaza de lluvia, pero con el recién adquirido mapa, evitamos el teleférico, y para disfrutar la subida, nos curramos la subida (y luego la bajada) pasando por Breuil hasta el Theodulpass algo por encima de los 3000 m. Por suerte no llovió, y las nubes nos dejaron ver el pico en algún momento. Grupos de senderistas camino a Zermatt o que llegaban a Cervinia. Con poco abrigo, y las playeras de verano, no se podía seguir (tampoco era la intención). El camino continua por un glaciar hacia Zermatt y aconsejan contratar guía.


Al día siguiente el mal tiempo apareció, por la tarde además arreció la lluvia, fue un día de carreteras. En días así, toca descubrir paisajes por carretera. Sugiero el paso del Gran San Bernardo, y visitar Courmayeur y Aosta. Las nubes impedían ver algo hacia arriba, y sería divertido encontrar numerosas caras del albergue en Aosta. Cenita rica en Le Pèlerin Gourmand en Aosta.


Esa noche nevaría por encima de dos mil metros, y te puedes imaginar el espectáculo del paisaje a la mañana siguiente cuando aparece el cielo azul y los picos manchados de blanco desde la ventana de La Batise. La elección de día fue hacer una ruta en el mismo valle que tocaba el tour del Cervino y nos llevaba de nuevo hasta la frontera suiza a 3000 m de altura en el paso del Col de Collon, en cuyas proximidades está el refugio Nacamuli. Paisajes espectaculares para los ojos de un canario, nieve fresca que se apresuraba a derretir, aumentaba el caudal de los arroyos, pero permanecía conforme se ganaba altura. Alguna marmota, e incluso una familia de íbices. Conforme nos acercábamos al refugio, los arroyos empezaron a ser algo más incómodos de pasar, sobre todo por el interés en no mojar las playeras, dado que tardarían en secar con la cada vez más presente nieve. Viendo ya el refugio, el paisaje nevado era genial, pero nadie había pisado el sendero y era imposible no mojarse los pies con la nieve. Cuando pensábamos volver, aparecen dos senderistas del albergue con botas y podemos usar los huecos que dejan sus pisadas, hasta un punto en que ya ni así. Media vuelta y a seguir disfrutando del paisaje. Llegaríamos a tiempo de la fiesta del pan con polenta, salchicha y queso del pueblo.


El último día en la zona se lo regalamos a tour del Mont Blanc, nos dirigimos de nuevo a Courmayeur, y tuvimos suerte con el tiempo para hacer un trecho del TMB. Nos dirigimos al refugio Elisabetta tras conseguir un mapa en la oficina de información. Subidas, sol, gente retozando, y mucha gente en la zona del lago en la parte alta, se nota que se puede llegar en teleférico. Las zonas más tranquilas vendrían luego, ya sin acceso en teleférico, con impresionantes vistas del Montblanc. El descenso vertiginoso, donde de nuevo aparecieron as marmotas, nos llevaría al lago Combal, donde optamos por no seguir y regresar a Courmayeur. La vuelta por ese sendero marcado tiene zonas de carretera, que son realmente muy incómodas, no pude entender que la marcaran en el mapa como recomendable, siendo peligrosas por los conductores. Cena en el agriturismo de Nus, menú fijo, rico Maison Rosset (60€ 2pax).


Tras el valle unos días con amigos cerca de Milán. Siempre es una suerte contar con sugerencias locales que te llevan lejos de los circuitos. Excursiones a pie desde Brunate al Monte Boletto, con panorámicas del lago di Como. El espectacular monasterio de Certosa di Pavia, la llamativa plaza de Vigevano, y las más conocidas vistas de Milán con su duomo (merece la pena desde la terraza de la Rinascente) y las noches junto al Naviglio.

Esta vez tuve además la ocasión de hacer una breve parada de mi vieja conocida Génova. Ciudad menos transitada por el turismo, pero cuna del pesto, con su famosa focaccia genovesa, dicen que ciudad natal de Colón, quizás pero seguro que de muchos marinos, su variopinto centro histórico llenos de callejones con mayores y menores sombras. Y quien por allí esté y además quiera caminar debería conocer los senderos del promontorio de Portofino, y los más nombrados de Cinque Terre.

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miércoles, septiembre 14, 2011

HK

La isla de Hong Kong es de un tamaño considerablemente menor que el de Gran Canaria (tan solo 80 km2). Tanto en la isla como en la región, que tiene parte continental, han optado por un desarrollo de crecimiento vertical que asombra a unos ojos de otro isleño pese a las expectativas previas de encontrar una megaciudad atestada y llena de rascacielos.

A mi llegada a las siete de la mañana, después de las tribulaciones del viaje, al aeropuerto, lo primero que llama mi atención son los paneles que alternan la información en chino e inglés, el calor húmedo del exterior, y la visión lejana de algunas torres organizaditas y agrupaditas junto a unas colinas no tan suaves.


Durante la espera gracias a la incompetencia de British Airways con mi equipaje, y esperando el transporte que me llevaría al hotel, fue ver que los precios de las botellas de agua en el aeropuerto no eran excesivos. Pensé, si aquí cuestan esto, en la ciudad costarán aún menos. Me equivocaba, los precios eran similares, al igual que en restaurantes. Una estrategia de venta muy diferente a la de los aeropuertos que uno visita más a menudo.

En el trayecto al centro en guagua, comienzan a verse más de cerca las torres de viviendas, no acristaladas de los habituales rascacielos de los centros de negocios, sino más sencillas y en las que llamaba poderosamente la atención los cientos de aparatos de aire acondicionado, que daban la impresión de ser uno por ventana.


La disposición de los edificios era realmente vertical, no se veían urbanizaciones. Llamaba la atención apreciar que alrededor de torres y rascacielos se encuentran colinas y montañas, con vegetación frondosa. Días más tarde visitaría el pico más alto, con algo menos de 1000 metros en la isla de Lantau, y ronda los 550 metros en pico Victoria en la isla de Hong Kong.

Llegaba un domingo, tras desayunar y ducharme, no conseguí conciliar el sueño en un intento de cabezada. Decidí dar un paseo, primero para adquirir algo de ropa porque después de haber salido el viernes, la maleta aún estaba por llegar (gracias British Airways). No descubro nada escribiendo que Hong Kong (HK) es una ciudad comercial, pero combina los mercados de calle que resultan más exóticos para un occidental, con las grandes torres comerciales donde un centro comercial puede ocupar una serie de pisos pero difícilmente la torre completa, como ocurre en Causeway con por ejemplo la torre comercial Times Square, frente a los callejones de mercadillos cercanos, donde lo que a primera vista parece una tienda de frutos secos, resulta vender muchas más cosas secas que simplemente frutos secos, o las pescaderías donde nada parece estar muerto, infinidad de pequeñas bañeras muestran el producto.

Mayoría de población china en las calles, tranvías que daban un sabor añejo, y en horas punta infinidad de personas cruzando por los pasos de peatones. Sabías que querías cruzar, pero con el muro de gente que caminaba en dirección contraria parecía casi imposible. Menos mal que era más alto que la media ...

Pese a que el transporte público es muy bueno y no caro, pudiento sacarte fácilmente la tarjeta Octopus, recargable y válida para hacer algunas compras. Olisnear en una ciudad me inclina a hacerlo a pie. Caminaría luego hacia Central, pasando cerca del palacio de congresos junto una de las paradas del Star Ferry (recomendable para cruzar a Kwoloon, o a la inversa, barato y permite tener otra vista de la ciudad).



En las zonas céntricas las torres acristaladas están a menudo unidas por pasarelas que facilitan el tránsito a pie en zonas de mucho tráfico. Se notaba el calor en mi trayecto hacia Central. Empezó a llamarme la atención la cantidad de personas que en las plazas y pasarelas hacían picnic, charlaban, jugaban a las cartas, organizaban coreografías, o incluso cantaban. Ya en Central había calles cortadas con cientos de personas, mayoritariamente mujeres, disfrutaban de su tiempo de ocio. No eran chinos, luego sabría que los domingos el personal de servicio, mayoritariamente filipinos, libra y se reúne en esa zona.

Por la noche sería la recepción del congreso que me ocuparía durante la semana, pero en el camino de vuelta hacia el hotel, a pesar de que el sueño del cambio horario se hacía muy patente, me acerqué a ver el skyline nocturno de Kwoloon, desde los aledaños del palacio de congresos.

El resto de los días, conocer la ciudad se limitató a las horas de la tarde y al fin de semana. El lunes usé por primera vez el Star Ferry para acercarme a Kwoloon. La zona de la ciudad en el continente. Desplazamiento con los ojos muy grandes viendo caer el sol,. Eso sí, ver el agua de cerca no daba ninguna gana de bañarse. Llegar a Kwoloon te hace descubrir multitud de zonas comerciales más. ¡Uf! Con otros colegas esperamos al espectáculo de luces. con los rascacielos en el paseo de las estrellas.

Luego tendría mi primera experiencia comiendo noodles japoneses en sopa con palillos (en un local de lo que parece una cadena, Ajisen Ramen), y el primer vaso de agua tibia al sentarme. Ese día como era opaco pensé que sería una infusión ligera. Aún no tengo claro la costumbre, me daría cuenta días más tarde cuando tras regresar de un pateo con mucho calor, aluciné al comprobar que no me servían agua fresca sino tibia ...

Si tienes tiempo en esa zona, no dejes de visitar el mercado nocturno de Temple Street. Aunque sólo estés curioseando cabarán haciéndote regatear, parece imposible escapar ...


Yendo hacia el norte desde Jordan street, la siguiente intersección tenía mucho ambiente para comer y tomarse una cerveza, y como turistas junto a locales acabamos comiendo pescado frito en el local llamado Spicy Crabs (quizás) con palillos y cerveza San Miguel de HK.

Por toda la ciudad, alejándose de los macro centros comerciales, los negocios parecen ir por zonas, barrios con tiendas de animales, electrónicas, de flores, mercado de jade, eso sí, no parece existir una manzana sin tiendas.


Pero Hong Kong ofrece mucho más que la ciudad y sus tiendas. Aprovechando que me quedaba el fin de semana, investigué por las posibilidades de hacer trail, y no son pocas. En realidad hay gran cantidad de orografía protegida que ofrecen al visitante zonas natural que quizás nadie que no ha vititado HK lo asume de antemano.

Son cuatro los trails recomendados en Hong Kong: Lantau, Macleose, Wilson y Hong Kong. Una página que me sirvió para conocer detalles de los distintos recorridos es la de Roz. El cuarto de ellos recorre la isla de Este a Oeste a lo largo de 50 kilómetros repartidos en 8 secciones, imagino que por las posibilidades que las misma ofrecen de acercarse por medio de transporte público.
En mi caso pude recorrer la etapa 3 del Lantau trail y hacer completo, en dos partes, el HK trail.
En las secciones que pude realizar de Lantau y Hong Kong, destacan las vertiginosas subidas y bajadas que están habilitadas frecuentemente con escalinatas. En esas zonas probablemente si no existieran, la vegetación y las lluvias dejarían impracticables los senderos rápidamente.



El pico más alto, con algo menos de 1000 metros en la isla de Lantau, debe ofrecer buenas vistas en días claros, ... en mi caso no tuve esa suerte. Con el objetivo de caminar/trotar un poco tomé el metro hasta Tung Chung y como buen turista el teleférico (hay guaguas) hasta Ngong Ping, donde se encuentra el buda de Tian Tan. El plan era visitar un poco y luego hacer un trozo del trail, teniendo en cuenta que no disponía de linterna.


La subida hasta el pico desde el buda, pese a ser corta, me hizo sudar la gota gorda por la humedad ambiente. El recorrido si bien solitario se caracteriza por ser en numerosas partes escalonado y no contar apenas con vegetación de porte. Cuando llegaba al cruce de la carretera, era algo tarde y no me aventuré a cubrir otro sector sin disponer de un frontal, así que decidí seguir la carretera y dirigirme hacia la estación de metro den Tung Chung. Por cierto, las carreteras que me encontré siempre tenían una buena acera que permitía no tener que esperar por la guagua (por cierto bastante frecuente) sino incluso echarte a trotar en el descenso. La única sorpresa, las vacas pastando junto a la carretera de no precisamente poco tráfico. Ya en las cercanías de la población aparecen enormes torres y el consecuente centro comercial anexo. En este en concreto me resultó bastante complicado comunicarme en inglés, en realidad no me encontré con otro occidental hasta que más tarde llegué a la estación de metro.


Aprovechando las buenas sensaciones que corretear por las islas me produce, y una vez que ya hemos probado a buscar competiciones cuando estamos por ahí (Etna),

El HK trail es más corto, 50 km, estando su punto intermedio a no tanta distancia del centro. Vamos que te lo puedes hacer como calentamiento. Antes de volar hacia HK busqué posibles carreras para los días que estaría allí. Eran varias las convocatorias, y por suerte encontré una, que si bien era corta, era en subida, lo cual me motivaba: en la Victoria to Peak Challenge.

Aproveché la prueba, para arrancar el día primero con la subida desde el puerto Victoria al pico (aquí el enlace a la minicrónica). Tras el opíparo desayuno, siendo apenas las 10 de la mañana, mi plan era intentar continuar esa mañana y hacer el primer sector del Wilson Trail hasta Stanley. Pero preguntando en la meta de la carrerita me comentaron el inicio de ese primer sector del Wilson Trail estaba lejos. Me recomendaron hacer 25 kilómetros del Hong Kong Trail (o coger un taxi). Opté por cambiar uno por otro, y tras recoger la mochila, con agua y algo de avituallamiento, me dirigí a seguir la señalización y cubrir las cuatro primeras etapas hasta Parkview, justo en la encrucijada con el Wilson Trail, desde donde esperaba regresar a la ciudad.

Las vistas de la ciudad son imponentes desde esa zona. El recorrido posteriormente es bastante sencillo, sin embargo, a pesar de la abundante señalización tuve un par de despistes, o quizás se deba a que en ocasiones la señalización no indica que estás en el trail sino hacia lugares, que pueden ser intermedios o no, y de los cuales los nombres no me resultaban fácil de retener. Pese a todo, llegaría con bastante facilidad a Parkview, tras pasar numerosas zonas de parques, otras asfaltadas, de tierra, otras más solitarias, con vistas al puerto de Aberdeen y el cementerio. (Posteriormente viendo alguna escena de Tom Raider, aseguraría que fue rodada justamente allí), y una subidita en la parte final cuando ya en calor exageraba estaba buscando donde refrescarme. Una gasolinera me daría la oportunidad de hacerlo en Parkview, con una económica lata de San Miguel de medio litro con anilla como las de antes. Fue lo suficiente refrescante como para considerar que ir hasta el hostal donde me quedaba el fin de semana (y donde aprendería lo que es una habitación sin ventanas) en la céntrica zona de Causeway. Tenía curiosidad por averiguar si era sencillo llegar al centro a pie. Realmente no fue complicado, diría que un 97% con acera. Me pareció tan sencillo que al día siguiente haría el recorrido inverso para continuar con la segunda parte del trail.

Las últimas 4 etapas fueron mucho más calurosas. Con más caminantes, los locales mayoritariamente escuchaban música (sin auriculares), las mujeres que portaban parasoles y escasos corredores chorreantes por el calor. En cuanto a paisaje quizás fueron los últimos dos sectores del día los que más me agradaron. El sol apretaba, por suerte comenzaron a surgir algunos arroyos y acabaría metiéndome por completo en uno con la compañía de una libélula. Hasta ese momento había procurado no beber agua no embotellada, pero el calor lo impidió, suerte de los arroyos. Este tramo tiene más subidas y bajadas, y antes del trozo final se dirige hacia el mar a una playa en Tai Tam Bay. Con el calor que hacía iba con la idea de meterme en el mar, pero llegar allí, y no ver a gente en el agua me dio mala espina, y opté por continuar hacia el destino. Viendo en googlemaps lo que hay al lado tras un recodo de la costa quizás tenga su sentido).

Seguiría el sendero con una subidita, donde tuve una pérdida importante sin percatarme ya que de repente observé que según la señalizacion iba en sentido contrario (!). Ni me enteré de haber cogido aparentemente un atajo. Es la zona más al Este de la isla, y la playa que se ve abajo sí tenía bañistas. Sin embargo, las ganas ya estaban bajas y apetecía más buscar líquido. Así que en lugar de llegar hasta Shek O, me dirigí a Wai Chan. En el camino debía pasar por un cementerio (curioso a los ojos de un canario). En la puerta pregunté por la estación de metro, y como era lógico me dirigieron hacia el centro comercial desde el que acceder a la estación. Sancochado entré en el centro comercial refrescado a base de aire acondicionado donde primero me dirigí a un supermercado a reponer líquidos. Compré un curioso zumo de aloe de 1 litro que entró divinamente, a lo que siguió una cerveza mientras comía en un local del centro comercial, donde era el único occidental. Mi experimento no me dejó nada encantado .... El plato que escogí no lo recordaré por lo agradable que me resultó, en particular digamos medio huevo duro. Ya fue raro morderlo y encontrarme con la cáscara (era blanca y mi sensibilidad con los palillos es escasa), pero el sabor fue realmente diferente y no precisamente atractivo. Tras la experiencia culinaria optaría por coger el metro hacia "casa", darme una ducha y luego meterme en la marabunta de personas comprando en Causeway Bay.



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martes, septiembre 13, 2011

Una vuelta por Sicilia




"Sicilia, 1920 .. " que decía siempre una de Las chicas de oro, no es el caso y me quedo en verano de 2010. ha pasado el tiempo, pero aún no me había decidido a volcar algunas notas, las del trail del Etna, que más que nada, le sirven a uno mismo de recuerdo de lugares y situaciones.



Tras aterrizar en el aeropuerto de Palermo, coger un coche a todo riesgo, por la fama del modo de conducir en la isla, y dirigirse hacia la catedral de Monreale a ver sus mosaicos, he de decir que mi primera incursión en el tráfico de Palermo resultó toda una experiencia. La autopista al entrar en la ciudad, para en cierta medida rodearla, se convierte en avenida con semáforos, que pese a tener tres carriles dibujados, observarás que son unas cinco filas de coches las que avanzan, dado que algunos conductores "juegan" en el arcén y entre dos carriles. Las convenciones son diferentes (pronto descubriría que picar las luces no significa ¡ojo que voy! y no que te cedan el paso), y requirieron de unas horas de práctica para aprender que no puedes esperar a que te den paso, sino que hay que meterse o no lo conseguirás.

La visita a la catedral sirvió de recordatorio sobre tomar algo cerca de un monumento en Italia (y en tantos lugares), será caro y menos gustoso.

Para alojarse, la opción escogida no fue Palermo sino uno de los extendidos B&B de la isla en concreto el Villa Genovese cercano a Trapani. Alejado del centro en una zona tranquila. la excursión nocturna era conocer el centro de Trapani y degustar platos locales. Tras preguntar en el centro, la recomendación fue acercarnos a la zona del puerto, allí acabaríamos en la Hostaria San Pietro (30€ 2pax), de curiosa decoración, singular atención y sabrosos busieli norma y el ineludible Cannolo siciliano.



La costa entre Trapani y Marsala se encuentra salpicada de salinas que en días azules permiten ver multitud de colores en sus charcas. Llegar a Marsala, conlleva escuchar hablar de su vino, y lógicamente sus bodegas, algunas de las cuales ofrecen la posibilidad de visitarlas. Por horario pudimos acceder a la histórica Florio, que además de describir el proceso de elaboración del vino y la desgustación, te permitirá escuchar hablar del paso de Garibaldi por la bodega. Los locales comentan que es un vino de meditación, creo que tras probar un poquito me inclino por el Marsala Vergine, pese al sablazo que me llevaría en una vinoteca con el exquisito Buffa Marsala Vergine.



Al día siguiente, camino del Ecotrail del Etna, el destino fijado era Messina, pensando en una parada en alguna cala de la Riserva dello zingaro. Desafortunadamente, el calor y el viento cerraban el acceso por precaución ante la alarma de incendios. Para sustituirlo nos acercamos a la tonnara en Scopello, donde como es bastante habitual en Italia debes pagar para acceder a la playa. Nos dijeron que no existía otro acceso cercano al mar, pero mentían, apenas un centenar de metros más al norte el agua nos recibía con bellos azules en la Baia de la Luce. Por la tarde corta parada en Cefalú, llegada a la colapsada de tráfico Messina, para pasar la noche en Gechi di Mari, bajar al lago y probar los mejillones en una trattoria, cuyo nombre ni recuerdo porque ni fú ni fa (26€ 2pax).



Los siguientes días desde Santa Venerina para la mencionada carrera del Etna (ver para más comentarios de la zona), incluyendo visitas a la Gola Alcantara, Castiglione di Sicilia, la cara y coqueta Taormina, baño en Letojanni (con sus curiosas sombrillas guardando sitio al aterdecer) y cena espectacular en La Scolgliera de Santa Margherita incluidas (50€ 2pax).



De camino a Agrigento decidimos quedarnos a medio camino en Rosolino (B&B centro storico que es realmente un apartamento y el más económico de los visitados) con el objetivo de visitar Siracusa, en particular su parte antigua conocida como Ortigia (y según los comentarios de algunos locales, famosa por los tirones, pero ni rastro), y Noto. Noto en una noche de agostoes una delicia por la temperatura, sus calles barrocas y por poder encontrar rincones para el disfrute del paladar como la casera Trattoria del Carmine (25€ 2p).



Camino de Agrigento, el calor apretaba y apetecía el baño. Fue posible en la punta sur de la isla, junto a la isola delle corrente. Es habitual que en los aprcemientos cercanos pidan la cuota para vigilarte el coche, así como en las gasolineras automáticas por ayudarte a repostar e incluso en los tramos de peaje, por ayudarte a sacar el tique. No te sorprendas pues.

Tras el baño paso por Módica, conocida por su producción de chocolate siguiendo la receta traída por los españoles desde América. Comida en una jornada calurosa en la coqueta Osteria dei sapori perduti (30€ almuerzo ligero 2pax). La compra de chocolate en diversas variantes además recomendable. Eso sí, Agosto es caluroso.



El recorrido por carretera hacia Agrigento es largo y complicado al atravesar las poblaciones, mucho tráfico y al modo siciliano. Escogemos Favara para el alojamiento, evitando la ciudad. para al día siguiente recorrer la Valle dei Templi. Ojo porque no todos los accesos disponen de taquilla. Día de mucho calor, camino de la Scala dei Turchi, la visión del color azul de una playa junto a Porto Empedocle (creo recordar Baia del Caos), hizo obligatoria la parada. Sorprendentemente el agua estaba helada. El baño aquel día en la Scala dei Turchi, no fue tan agradable aunque sí mucho más escénico. Luego excursión en búsqueda de un pequeño pueblo en el que alguna guía recomendaba la trattoria Da Carmelo, tras muchas vueltas y preguntas llegaríamos a Joppolo Giancaxio. Lástima que al estar en fiestas la atención fuera lenta, pero el precio, el ambiente y la satisfacción, merecieron la pena.



Se acababa el giro, destino nuevamente a Marsala, con tiempo para mojarse y alcanzar la Isola Grande a pie desde la Torre San Teodoro, siguiendo uno de los antiguos caminos de la sal, gozarse el atardecer sobre las salinas, visitar a Erice, junto a Trapani, y la entrada por fin a la Riserva dello Zingaro, esta vez sin alerta, desde San Vito lo Capo. Aguas cristalinas y un lujo llevar unas gafas para apreciar la fauna bajo el agua. La cuota por el acceso a la zona de la reserva era de 3€ por persona.

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domingo, agosto 14, 2011

Dos caras del Aneto 2011




Ante todo agradecer la gentileza de Zona Boxes, Rungosay y Trangoworld, ya que esta crónica comienza en el sorteo de la TTT de Diciembre pasado, donde tuve la suerte de obtener una inscripción para el Trail del Aneto.

Entre las diversas pruebas, elegí la intermedia. Para empezar las vacaciones no me apatecía aventurarme con una prueba de 96 km en autosuficiencia donde seguro que me pillaría la noche, así que opté por los 67 km de la "Dos caras del Aneto". No conocía Benasque, y con la excusa de la carrera, podía aprovechar unos días de vacaciones por la zona. Pero me dejo de otras historias y me centro en la carrera.

Acostumbrado a la recogida de dorsales en días antes a la prueba, resulta una novedad que los recojas el mismo día de la carrera un par de horas antes de salir. El horario también era para mí novedoso, salir a las 11 de la mañana no obligaba a madrugar o trasnochar como en las pruebas ultras canarias. De todas formas como la prueba larga partía a las 8, me acerqué a ver la salida de otros canarios tanto de Arista (Paco Ricart y Jose) como de Vandama XTrail (Fran y Martín). Tras animarlos en la salida desayuné tranquilamente sin llenar demasiado el buche, ya que el tiempo sobraba. A las 9 podía por fin recoger el dorsal, con la cartografía y la mochila de obsequio (Trangoworld TX 10), antes de comenzar el ritual de autorevisión del material y vestirme para la ocasión. Como había visto la salida de las 8 conocía el protocolo de verificación antes de acceder a la zona de salida. Sobre las 10:30 ya estaba todo preparado y revisado, con poco más que hacer, decidí ponerme en la breve cola de verificación y acceder a la zona de presalida. La persona que me controló, lo primero que hizo fue comentar que llevaba una mochila ligera, el peso mínimo sin agua debía ser de 1.9 kg, y la mía pesaba 4 con el agua, si bien no llevaba dos litros de agua, ya que siguiendo los consejos de Fermín, sabía que sobraban puntos en el camino para beber y rellenar. Ante la duda me hizo mostrarle gran parte del material, eso sí, no comprobó que llevaba las calorías mínimas exigidas (llevaba realmente algo de más). El siguiente participante en mi cola, tuvo más problemas, su mochila pesaba 2.6 kg, y al empezar a verificarle el material le comentó que lo que llevaba no era un forro polar sino una camiseta térmica, y que no era válido. Ignoro lo que pasaría luego, en cualquier caso hay tiendas cercanas para no tener problemas.

Se acercaba la hora de salida, tenía el rutómetro a mano, había visto la ruta con google earth, pero no llevaba gps ni pensaba que fuera a ser grave. Había anotado los parciales del año anterior del Fermín, de Laura Barrera, y siendo optimista del ganador y el 10º clasificado. Si las cosas me van bien mi tiempo suele rondar un 50% más que el ganador. Por lo que si en 2010 ganaron con poco más de 8 horas, estimaba por tanto 12 horas para acabar. Sin embargo por la distancia creía que podría hacer menos, si bien el desnivel, el terreno, la falta de avituallamiento y la no señalización, suponía que podía hacer que todos fuéramos algo más lentos ... Todo estaba por descubrir, y mi mayor automotivación era disfrutar e intentar bajar de las 11 horas para no tener que hacer uso del frontal. Además el cielo estaba azul, aunque la previsión era de posibilidad de agua por la tarde.

Arrancaba la carrera por las calles de Benasque, para todos presentes de los aldederor de 250 inscritos. Un suave ascenso nos dirigía la carretera general que acompañaríamos unos minutos. Con tantos corredores, el rutómetro ni se miraba, me limitaba a seguir al mogollón. Coincidía en el trote con un palmero, que me reconocía por la bandera canaria del maillot, antes en la presalida otro compañero de Tenerife Trail (Agustín si no me equivoco), y participantes de alguna edición de la Trans. Siguiendo con el suave ascenso, poco más tarde nos separábamos de la carretera, se estrechaba un tanto el sendero y surgían algunas piedras. De nuevo pista, y en las cercanías del embalse, seguía a los corredores precedentes que tomaban un sendero más empinado pero que recortaba distancia con respecto a la pista. Coincidí en ese momento con un andaluz que también planeaba llegar sobre las 11 de la noche.

Aparecía el primer punto de control, Senarta, y al mirar el reloj, habían pasado sólo 38 minutos. Desde ahí debía empezar el ascenso más suave hasta Coronas y luego hacia los algo más de 2700 metros de altura de la degollada de Vallibierna. Era subida, y suele ser donde más disfruto, así que a por ella. Tras unos cientos de metros de suave subida primero por cemento y luego pista, un fotógrafo marcaba el sendero a la derecha que significaba una pendiente más acusada entre árboles. Pensando en la bajada, veía el terreno bastante cómodo (jeje, luego ahí tendría el mayor tropezón bajando que me haría deslizar unos metros sobre la mochila).



Conectaba más arriba de nuevo con la pista, y nos sorprendía ver que un corredor venía trotando por la pista con el comentario "se puede elegir la ruta" (algo contrario al reglamento, pero cada uno con su historia). La pista seguiría con suavidad hasta el siguiente punto de control, donde llegaba superando en unos minutos la hora y media. Tanta pista me hacía ver con optimismo la bajada, era zona favorable sin ser muy técnica para fortuna de mis tobillos, otra cosa serían las sensaciones luego. Ya en la pista poco antes habían aparecido algunas caídas de agua donde, bebía y refrescaba gorra y cabeza, ya que el día estaba azul, y si bien el aire no era caliente, la carrera sería larga. En el camel llevaba sales, y usaba una cacharra para beber y refrescar la cabeza, pensando en recargar al bajar el camel.



Tras Coronas, desaparecía la pista y comenzaban a aparecer las piedras, la subida se iba haciendo más exigente, los árboles comenzaban a desaparecer, y el paisaje a cambiar. Me sentía a gusto, comiendo y bebiendo en previsión. Mientras comenzaba a hacer cábalas sobre el tiempo con que llegaría a la degollada, recordaba que Laura había rondado las 3 horas 30 y el décimo clasificado las 3 horas. No faltaba tanta distancia, me antecedían un nutrido grupo, pero asumía que el camino debía guardar sorpresas. Y las hubo, en algunos tramos el camino no estaba "bien barrido" y consistía en ir saltando de una a otra de piedras de notable envergadura, lo cual hacía el avance más lento. Sobre las 2 horas y veintipico escuché un volador, o creí escucharlo, y pensé que podría indicar el paso del primer corredor por la degollada (la salida la marca un volador, así que no sería tan extraño). Probablemente en unos minutos tendría que cruzarme con ellos en su bajada. Efectivamente poco después de pasar la zona de pedrolos más larga, surgía el líder de la carrera. Con optimismo quise pensar que la cota no estaba tan lejos, y poco después conseguía ver las figuras en la degollada. No quedaba tanto, aunque se vieran chiquititos. Ya próximo, pude ver que quienes me antecedían iban en una dirección, mientras que quienes bajaban usaban otro sendero, así que opté por la variante de quienes descendían al creer distinguir un mojón. El destino estaba claro, y aunque los mojones no cotinuaron, la dirección era buena. En el último trozo exigente coincidían senderistas recorriendo el GR-11 en dirección hacia Benasque. En cualquier caso me sorprendía que hubieran sido tan pocos los corredores con los que me había cruzado de vuelta, apenas una decena. La degollada estaba muy cerca, se veía el zig-zag pedregoso final, y tras el tramo esquivando a los que bajaban, sin muchos miramientos con quienes subíamos, me descubría en la degollada donde creía haber contado poco más de 30 corredores que me anticipaban en 3 horas. "Pues voy bien", me dije, ahora viendo los tiempos sé que apenas una decena bajó de las 2:50. Aunque sabía que en la bajada la cosa para mí sería más lenta. Hasta Coronas las piedras me harían ir con precaución porque mi tobillo derecho sigue sin estar fino tras el esguince. Pero no pasaba nada, antes de comenzar el descenso, me detuve unos segundos para mirar en las dos direcciones y contemplar el paisaje.



El camino hasta Coronas, era pues conocido, y tocaba encontrarse y animar a quienes venían por detrás en subida. Poco después de comenzar me cruzaba con Agustín (de Tenerife Trail), algo más abajo con Javier Santana y Jero. Mientras, me iban pasando corredores que bajaban más ligeros que yo y también la primera mujer. Tras Coronas en la pista esperaba ir mucho más cómodo en cuanto a tobillos, pero descubrí para mi sorpresa que no iba tan bien la cosa, si alargaba la zancada o aumentaba el ritmo, sentía tensión en la zona de la boca del estómago y me acababa obligando a parar. ¡Qué le íbamos a hacer! No conseguía seguir el ritmo de quienes me pasaban, tocaba mantener el trote ramplón, y procurar llegar a Senarta intentando no superar las 5 horas. Era casi el punto intermedio, el kilómetro 31. Por mi reloj llegaba minutos antes de las 5 horas. Creía recordar que iba casi copiando los tiempos del décimo clasificado del año anterior que había finalizado en 10:40. Eso significaría llegar a una hora "decente" a meta para ducharse e ir a cenar ...

Pese a la motivación, tras Senarta la pista hacia Vado no conseguí trotarla gran cosa. Era en su mayoría en ascenso, y en las zonas más favorables, el ritmo del trote me seguía pareciendo lento. Ese trozo me llevó algo más de tres cuartos de hora. Fue el trozo más solitario, y cuando por fin pude ver a otro corredor fue para equivocarme. Según mi previa consulta del rutómetro debía limitarme a seguir la pista en ascenso, en un punto un corredor tomó un sendero marcado con las señales del GR y me entró la duda. Le seguí, me paré, consulté el mapa, y estaba claro que por allí no era, si bien parecía ser un atajo. Volví atrás y me decidí a seguir la pista tal y como indicaba el mapa. Menos de cinco minutillos perdidos con la duda. La pista se transformaba en un zig-zag de asfalto en fuerte subida hasta el punto de control de Vado. El siguiente sector me debía llevar a Baños, por un sendero, perdiendo algo de altura.

En este sendero, algo más técnico, encontraba al corredor que había tomado antes el "atajo". Yo subía mejor, pero él conseguía recuperar en zonas más favorables, seguimos así hasta Baños, donde llegué sobre las seis horas y veinte. Poco antes adelantaba a un maratoniano con dificultades de visión al que acompañaba su guía. La zona de Baños es un tramo muy bonito de la carrera, entre arroyos y zonas bastantes llanas verdes, un lujo para los ojos de un canario. Como avisaron de que sería la última zona para obtener agua antes de la degollada de La Picada, bebí y me refresqué pero no rellené, dado que tenía aún bastante en el camel desde la parada que hice cerca de Senarta al bajar de Vallibierna. Por esta zona el sendero estaba claramente marcado por los corredores de la maratón, los primeros se habían cruzado conmigo a medio camino entre Vado y Baños, y ahora el gentío era notable. No habría pues problema en perderse :) El recorrido pasa el Hospital, y continua por un terreno bastante suave, excepto una pequeña ascensión. Unos 20 minutos después de pasar el control de Baños, tomaba el cruce que se dirigía a la Picada, llevaba 6 horas 40. En el primer tramo me encontraría a Ismael, que corriendo la maratón, casi me lleva de nuevo al fondo del valle. Luego comenzaría el zig-zag que debíamos hacer sin distinguirse aún claramente el destino final de la ascensión. Tras un buen tramo duro me llamaba la atención una carrera vertiginosa más arriba. Era salvador Calvo, el líder en ese momento y posterior ganador que ya bajaba hacia Benasque. Uno de los pocos de la cabeza de las tres pruebas que respondía a los ánimos. Es más, por zonas el sendero era estrecho y compartido entre todos los corredores, muchos olvidaban que no estaban solos.

La subida continuaba, los picos seguían viéndose altos, y la degollada no aparecía. Comenzaban a aparecer mis brazos en jarra, y gente de la maratón sufriendo a la que superaba. "Faltan dos repechos" dijo uno, "No te fíes" pensé que aún no ves la degollada, me cruzaba con el andaluz que ya bajaba, y Agustín que me había pasado en mi lenta bajada por la pista. Por fin se veían las figuras en la degollada, y arreando con energía llegaba en unas 7 horas 46. Tocaba recorrer a la inversa, creyendo (se me había mojado el papel con las anotaciones) recordar que seguía en tiempo de rondar las 10 horas 40. El trozo más empinado lo tramitaba en algo más de treinta minutos, y en algo menos de 8 horas 45 estaba en Baños. Tocaba un repecho inicial por sendero, con terreno más favorable tras Vado principalmente en pista en descenso, aunque asumía que seguiría incómodo en el trote. No se me iba a hacer de noche. Se confirmaba, pese a todo el trote siguió siendo lento. Me adelantarían unos cuatro corredores de mi carrera en el descenso hasta meta. Llegaba a Senarta cuando aún no había llegado a las 10 horas. Si era capaz de seguir trotando aceptablemente, rondaría los 40 minutos. Trote cochinero, pero trote, la luz era suficiente, los caminos ahora eran más solitarios, y así son las cosas, pese a haberlo hecho por la mañana, me pasé un cruce de un sendero y llegué a una carretera. "¿Vuelvo o me fío pensando que conecta de nuevo?" Vuelta, y otro par de minutillos de nuevo perdidos por despiste, y ya corriendo paralelo a la carretera. "Ya no hay pérdida" Paso junto al cruce de Cerler, "Entre dos y tres kilómetros". Poco después el cartel marca los dos kilómetros a Benasque.

Me puse a talonar para animarme. Aún no se ven las casas. En una de esas rectas se escucha una flauta, toca para mí. ¡Qué bueno! Ánimos para ti también, te aplaudo y gracias. Distingo unas farolas, pero no hay casas, aún no es benasque. Acercándome a ellas, parece distinguirse un tejado más abajo. Sí es Benasque. Una curva y se ven las casas. "Falta poco, disfruta" me digo. Dos corredores me anteceden, sospecho que son de la maratón, les puedo dar caza, miro los dorsales y efectivamente, lo son, así que los paso para intentar que mi equipo fotográfico particular no me saque tapado. Lo único que como está en prácticas, sin flash.



Arco de triunfo, control de chip. Miro el reloj, y no llega a 10h 40. A gusto. Me pongo a comer melón y sandía, siento necesidad de beber, la sensación de que el agua del camino no saciaba la sed. Una cerveza, un isostar, agua, un caldo, más fruta. Estiro, me ducho. ¡Qué lujo llegar a una hora en la que te puedes dar un homenaje de cena cerquita de la zona de llagada en el restaurante Bardanca ... olla benasquesa, chuletas de cordero, vino, más agua y postre.

Como resumen puesto 43º en la general, 9º en mi categoría, y primer clasificado de mi casa :). Viendo los tiempos en las subidas empleé unas 5 horas 55 por las 5 del ganador, y en las bajadas 4 horas 44 por las 3 horas del ganador. Parece claro donde se puede mejorar ;)

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martes, julio 19, 2011

Corriendo por ahí: Victoria to Peak (VTP) Challenge


El otoño pasado, aprovechando que acudía a una conferencia a Hong Kong, y tras la sugerencia de Allan, comencé a buscar carreras durante los días que estaría en la isla. Lo cierto es uqe había bastantes posibilidades, pero la gran mayoría en asfalto. Sin embargo encontré una, que aún siendo corta, al menos era en subida, la Victoria to Peak (VTP) Challenge. Aunque de apenas 10 kilómetros, me he animado, con bastante retraso, a contar sobre ella por lo exótico que resulta para un pobre canario, ir a correr por esos mundos, aunque de nuevo sea en otra isla.


La carrera efectivamente pintaba diferente a lo hecho anteriormente, partía desde el Pier 9, en los aledaños de una de las paradas de Star Ferry a los pies del mayor rascacielos de Hong Kong; y recorriendo apenas 10 kilómetros por la ciudad ascendía al pico más alto de la isla, el pico Victoria. Bueno realmente luego descubriría que no era hasta el pico exactamente, sino unos buenos metros más abajo en la estación del funicular, con una más de las zonas comerciales hongkonianas, esta más reducida y conocida como The Peak, donde nos darían el buen desayuno buffet, en el coqueto y con espectaculares vistas sobre la ciudad café Deco.

Para evitar el calor y la alta humedad se partía a las 7 de la mañana. El comienzo nos llevaría a hacer un pequeño recorrido por el puerto antes de enfilarnos hacia Central y comenzar a atravesar parques, plazas, pasarelas y edificios a base de rampas, escaleras mecánicas (paradas), escaleras de caracol, etc. Los rápidos salieron ligeros y yo me apunté a mi ritmillo a la espera de que aparecieran subidas más exigentes, ya que de momento era bastante suave.


En los primeros parques aparecerían algunos repechos que decidí seguir intentando trotar a ritmo lento pero constante, superando a algunos corredores. Habría luego un descenso por asfalto y acera antes de volver empezar a llanear por varios kilómetros. El pico lo seguía viendo lejano, así que esperaba cómodo a que aparecieran los repechos.

Cuando aparecieron algunos zigzags, empecé a coincidir con un corredor que me superaba cuando llaneaba, pero al que volvía a coger cuando se empinaba. Poco después noté que optaba por seguir mi estela. Más tarde, en una zona de parque aparecía un duro zig zag con el suelo mojado de la lluvia o rocío que habría caído durante la mañana. Mi compañero de fatigas continuaba a rueda, hasta que las Cascadia empezaron a deslizar y el pie se me iba si estiraba la zancada, tuve que hacerla algo más corta, y por fin logró pasarme tras preguntarme si me pasaba algo. En realidad trotaba sin problemas pero no aprovechaba toda mi zancada.

Aún así seguía acercándome a otros competidores a los que se les atragantaba la subida. Pronto llegaría a un zig zag que daba a una calle con un avituallamiento y entendía "one forty five".


Seguía viendo el pico arriba, pero al escuchar eso pensé que quizás me avisaban de quedaba sólo kilómetro y medio. Aquello se veía llano, y ciertamente ya frío no estaba, así que sin pasarme, sin problemas de resbalar con las cascadia y al estar en llano, alargué por fin la zancada, y pude rebasar a otros corredores hasta alcanzar a un señor más veterano que me llevaba a buen ritmo mientras yo dudaba si estábamos llegando o no, porque el pico seguía estando un trocito más arriba. Me sentía cómodo y al oír murmullo na lo lejos y ver algunas expresiones, intuí que la llegada estaba allí mismo y no llegaríamos al pico sino al final del funicular, así que opté por subir el ritmo de cara al final. Entraba en meta sin tener muy claro el tiempo realizado (no llevaba reloj).


Días más tarde sabría que acabé a 17' del ganador y 11' del segundo en el puesto 49. Contento sabiendo que si hubiera piedras habría tenido más ventaja ;)


Tras el opíparo desayuno con vistas,donde coincidí con mi compañero de varios kilómetros que me decía "you are very consistent", y siendo apenas las 10 de la mañana, pregunté por el Wilson Trail, pero me recomendaron hacer la mitad del Hong-Kong trail que arrancaba desde allí mismo. Eran unos 25km sin demasiados repechos, aunque con más calor. Pero sobre los trail en HK escribiré otro día.


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miércoles, abril 06, 2011

Mi Trans 2011


Esta historia es una más de las más de 1400 historias de motivaciones, ilusiones, dudas y sudores que se daban cita este año en la TransGranCanaria. En mi historia particular suponía mi primer intento de pasar de los 100 kilómetros, y llegaba con experimentos. Dos semanas antes había conseguido por fin las plantillas con las que esperaba tener menos las últimamente habituales "molestias" en la planta de mi pie cavo. Aparecían cuando superaba las dos horas de ruta, y permanecían varios días recordándome lo que había hecho. Me daba cierto reparo porque con apenas un par de rodajes con ellas de 20 km, me iba a por el reto, pero ya sabemos que no era obligatorio finalizar. Otro experimento eran los bastones, cuando nunca antes había participado en una carrera con dos bastones. El tercero, y el que más respeto me daba, era el tema de salir a correr no después de levantarme, sino al final del día. Además los viernes en esta época del año me tocan cuatro horas de clase comenzando a las 8 de la mañana.

De las más de 1400 historias que se cruzaban con un mismo objetivo ese fin de semana, la mía y la de otros 500 comenzaba el mismo viernes. Con el panorama madrugador de mi particular viernes de segundo cuatrimestre, tras terminar con las clases, comí temprano y me tumbé para intentar echar una siesta. No conseguí relajarme lo suficiente, con lo que apenas hubo un cuarto de hora de cabezada. Ahora pienso que fue un ingenuidad por mi parte no tomar un café o una cola (llevaba años sin tomarlo hasta que tuve que hacerlo en Tunte a las seis de la mañana), antes de la salida, pero de todo se aprende.

Con el lento pasar de las horas, por fin a las diez me subía en la guagua destino a Playa del Inglés, por supuesto que incapaz de cerrar los ojos. Ambiente de salida, muchas caras conocidas, amabilidad en uno de los locales donde me permitieron vaciar la vejiga. Me sorprendía que no había apenas nervios, lo cual me hacía preguntarme si me acabaría atacando el sueño.

Pese a la aparente tranquilidad la salida es muy emocionante. Los últimos años la había visto desde fuera, donde se unen emoción y envidia, pero no es lo mismo. Tras dar el pistoletazo, los que no estábamos en las primeras filas empezamos a movernos lentamente esperando a que el grupo se estirara para poder comenzar a trotar entre los gritos de ánimos de quienes allí estaban y nosotros mismos. Casi sin darme cuenta llegó el silencio. Bueno, no era un silencio completo, pero si se compara con unos segundos antes, lo parecía. De repente estábamos a solas, una serie de figuras trotanto en la oscuridad de la playa, con nuestros respectivas luces blancas y rojas, sonido de pasos sobre la arena, jadeos y respiraciones, acompañados del sonido de las olas de la marea casi alta.

Muchos intentaban ir por el pedacito de arena mojada, si bien cada vez que una ola intentaba recuperar zona de playa, veías como la fila de corredores y sus luces rojas se movían sincronizadamente con la marea para evitar mojarse. Algunas caras y movimientos conocidos, intentaba seguir las rodaduras que los vehículos habían dejado durante el día. Las calzas de los zapatos parecían funcionar, no notaba que entrara arena. Casi sin darnos cuenta comenzamos a distinguir la zona del faro, un pequeño mal paso me hizo sentir que el tobillo derecho estaba sentido, como si hubiera tenido una torcedura reciente que no recordaba. Uyuyuy ¡Cuidadito que faltan muchos kilómetros! Llegando al paseo miro el reloj antes de quitarme las calzas, y marcaba 28 minutos. Nunca había hecho ese tramo, había intentado bajar revoluciones, pero parecía que no había ido demasiado lento.



Nuevos ánimos, sonrisas, carrera por terreno fácil y cómodo. Coincidí bastantes metros con un corredor sueco que me habló de carreras por Escandinavia. Creo que también por ahí fue una de las primeras veces que Jesús y yo intercambiamos posiciones. No lo sabíamos, pero ocurriría muchas veces hasta la llegada la noche siguiente. Saltaríamos al barranco para hacer unos metros entre los flashes y más ánimos. Por suerte el barranco ni se parecía al escenario que el año anterior había visto desde el puente. Pronto alcanzaríamos la pista que nos llevaría sin apenas pausa a Ayagaures. Alguien me diría que llevábamos alrededor de 10 km en una hora. Me sentía cómodo y tranquilo.



En la pista por prudencia los repechos los caminaba a buen ritmo, y sobre las dos horas superaba el cruce cercano a Arteara para dirigirme hacia las presas. Espectáculo de luces al coger altura. Sin prisa pero sin pausa continuaba mi trote. Creo que fue en la zona tras el último barranquillo (con animación de los allí presentes) donde me alcanzaban Esther y Pedro. Nos cruzábamos con Carlos Díaz poco después, y viendo mi cara en las fotos creo que en ese momento empecé a sentirme un tanto dubitativo en las zonas favorables. Subía con seguridad, pero al bajar tenía la sensación de estar viendo peor. Pensé que era el frontal, puede que en parte, pero antes no había tenido esa sensación. De esta forma, observaba como me pasaban poco a poco varios corredores. Sin darle mucha importancia, comiendo y bebiendo, llegaba a la presa poco antes de las 3:30. Confiaba en recuperar sensaciones en la subida.



Creo que Jesús coincidió conmigo también en esos metros, me había adelantado en alguna bajada y ahora volvía a encontrarlo. En el momento del inicio del sendero, me tiré adelante de los que allí estábamos, pensando que me lo pasaría bien subiendo. Sin embargo tras unos primeros metros en los que me notaba que me acercaba a las luces que nos anticipaban, empecé a sentir que tropezaba mucho, a la vez que detrás se iban uniendo más luces. "¿Qué pasa? Muy ligero no parece que vaya". Preguntaba si me querían pasar, y no lo harían hasta que me paraba a beber un poco mientras caían las primeras gotas. Sin embargo al ponerme a seguirlos, notaba que no iba, y seguía tropezándome, la escena se produjo varias veces, parada para ponerme el impermeable, parada para beber. Ya cuando empecé a oír mi nombre y notar que no reconocía, comprendí que algo pasaba. No era hambre, era amodorramiento. Uf, y eso que ya antes había tomado un gel con cafeína con la esperanza de que no sucediera. Lo empecé a pasar mal, no disfrutaba, seguía tropezando, pensé parar y echarme a un lado cerrando los ojos, pero llovía y no tenía sentido dormir bajo la lluvia. En Tunte podría tomar un café, pero aún faltaba y me veía ir desinflando mientras me seguían pasando, saludando (y yo abobado que no reconocía si no me decían el nombre). Pablo me daría un caramelo de café, y más tarde Jorge una gominola con cafeína. "Sígueme" me decía. Incapaz, no iba. En un trozo de pista agradecí ir con bastones porque no conseguía ir derecho, hacía eses, me iba a los lados, y los bastones me ayudaban a frenarme. Se me hizo larguísimo, pero por fin llegaba a la zona de la Manzanilla, seguía más abobado de lo normal, pero a la vez me acercaba a Tunte y el amanecer estaba más cerca. Intentaba decirme que así ahorraba energías para luego cuando despertara, pero sólo era un deseo.

La bajada a Tunte fue lenta, me sentía inseguro. Llegaría a Tunte mojado y con malas sensaciones poco escasos minutos antes de las 6 de la mañana (la foto lo dice todo). Allí nos esperaban los Conesa, un caldo caliente, todos bajo la carpa porque rascaba el frío, me tomé un café solo (nunca tomo café) para ver si despertaba. En cualquier caso parecía que veía un poco más alrededor, y hasta captaba las bromas de los que poco antes no reconocía ...



Se escucharon las campanadas. Tras comer un poco, quedarse apetecía poco por la temperatura. Saldría minutos más tarde con mejores sensaciones, sin haberme abrigado más. El aire pronto me haría sentir escalofríos al pasar junto a la iglesia, y aproveché la parada de la guagua para ponerme una camiseta térmica bajo el impermeable. Y a subir. Pensándolo ahora creo que fue el trozo de subida que más disfruté. La sensación de calorcito, ver que el cielo empezaba a aclararse, me sentía por fin despierto. Había perdido tiempo para mi objetivo inicial de bajar de las 20 horas, pero allí estaba. El final de la subida coincidí con un corredor de la Sur-Norte, y los ánimos estaban ahí. Sobre las 7 llegaba a Cruz Grande, y en la foto de Alberto Cardona hasta sonrío. Una cara muy diferente a la de una hora antes llegando a Tunte.







El amanecer y su luz embellecían el recorrido. Hasta Chira creo que me adelantaban un par de corredores y yo cogía a Alario que iba con molestias en un ojo. El resto solitario, sin prisas y teniendo cuidado con no reincidir en las torceduras del tobillo. Quizás no fueran todavía las 8 cuando cruzaba el muro de la presa, me paraba y me quitaba todo el abrigo. "Ojalá llegue el calorcito", me dije. De Chira a Soria estaba la bajadita que no es mi mayor ilusión por lo pedregosa, pero con tranquilidad llegaba minutos antes de las 8:45, sin novedad. El sol además parecía querer salir. Ya Las Niñas estaba cerca, el ecuador de carrera, y quedaba subida donde esperaba encontrarme de nuevo a gusto. Tras el caidero de Las Niñas, volvía a ver a Pablo que me adelantaba durante mi siesta en ruta en la subida del Diablo. Parecía que me funcionaban las piernas subiendo. Pasadas las 9 y media llegaba al punto de avituallamiento. Si mantenía el ritmo, estábamos en la mitad, estaba aún con posibilidades de bajar de las 20 horas.

Allí estaba de nuevo el encuentro con Jesús. Comencé con ánimos la subida, y buenas sensaciones, me pasaba De Pedro con muy buen ritmo, pero me mantenía en mi ritmillo. El ritmo con Pablo era similar, y nos acompañábamos. Quizás en ese trayecto no comí todo lo que debería. De esta forma cuando comencé a intuir el Nublo tuve sensaciones de estómago vacío. Tiré de la pella de gofio que llevaba para tranquilizarlo, pero pese a ello cuando por fin se veía a lo lejos el Nublo, noté que Pablo me iba sacando metritos, y tuve finalmente que pararme a comer a un lado del sendero. Minutos más tarde llegaría al avituallamiento de mamarrachos y mamarrachas y no podía llegar con mala cara. Conforme te acercas, el sendero se estrecha, y daba la impresión que los que habían pasado antes no eran demasiado altos porque una y otra vez chocaba contra ramas con mi cabeza.

Por fin llegaba al punto de avituallamiento. Eran las 11 pasadas, y en más optimista de mis planificaciones me imaginaba pasar por allí sobre las 10. No se habían dado las condiciones, pero excepto por el hambrilla que había sentido en los minutos previos, parecía todo en orden. Me detuve a saludar a los niños. Había sólido además, y bebí una bebida de cola para intentar que no se repitiera la modorra de la noche. Adassa me había traído la peluca roja, muchas fotos, me alcanzarían Iña y Javo a los que creía por delante. Y finalmente seguí con ellos. Los veía algo más ligeros, pero pude acompañarlos hasta el Roque Nublo donde llegábamos poco antes de las 12:30. En la bajada al aparcamiento se me escapaban, creo que aún me faltaba comida. Pese a mis deseos de apretar y llegar a Garañón, veía difícil llegar a Garañón con poco tiempo perdido sobre la una. Quizás fue un error pensar tanto en ello, porque me desanimé en ese tramo. No hacía frío, iba a mi ritmo a solas, coincidiendo a ratos con el grupo de Basilio. Algo más de una hora para llegar a la cumbre. ¡Bah! Estaría sobre las dos de la tarde en el avituallamiento. Complicado. Bajaba algo desanimado, y llegando al Corral de los Juncos notaba que el calzoncillo que había usado exclusivamente en las ultras de los últimos dos años, se estaba haciendo viejo. Las costuras me estaban rozando y pese a incluso haberme puesto vaselina antes de la salida, molestaba. Me eché a un lado, me cambié, y me volvían a coger el grupo de Basilio, al que se había unido Pablo, que aflojó más que yo tras el Nublo. Con ellos llegaba a Garañón poco después de las dos. Sabía que para llegar a meta antes de las ocho de la tarde, tendría que ir ligero, pero no lo hice. Me paré, saludé, comí una pasta bien rica, me descargué la ropa de abrigo excepto el impermeable. Vería como todos se iban y cuando ya casi me marchaba también yo, Pablo me decía si le esperaba. Habían pasado casi treinta minutos en el punto. Llegaban en ese momento Alberto y Jesús.



Tras salir las piernas parecían ir bien, había tenido alguna sensación en una rodilla, pero quizás se debía a un golpe con una roca en la zona de las presas. El sol nos acariciaba, era agradable, y tenía la sensación de que estaba hecho. Era cuestión de paciencia cubrir los cuarenta y tantos kilómetros. Como no encontraba ganas de luchar por el tiempo, le dije a Pablo, si le parecía que nos acompañásemos hasta la meta. Y así hicimos. Trotamos en zonas favorables y adelantamos a escasos corredores. No sería hasta Lanzarote donde encontramos a algunos de la Sur-Norte. Pasábamos algunos de nuestra prueba y nos pasaban otros más motivados y con ganas que nosotros. Intentaba animar a Pablo para llegar a Teror y saludar con emoción a mi familia, que me esperaba desde horas antes. Minutos antes además hablaba con Estrellita que me subía la moral y me hacía humedecer los ojos. No nos estresábamos, nos pasaba Alberto, y llegábamos a Teror cerca de las cinco y media. Íbamos lentitos. Además de la familia la acogida en Teror fue estupenda. El bocadillo no conseguí comerlo, pero se agradecieron los ánimos.

Si fresco y ligero tardaría hasta la meta algo menos de tres horas, tal y como íbamos asumía que rondaríamos las 4 si no había problemas. Pablo además se quejaba de la piel de los pies. Mi rodilla empezaba también a decir algo. No era un dolor intenso, pero decía "estoy aquí". Tras dejar Teror, se unía a nosotros Marco de Castellón. Aumentaba el grupo, aumentaba la cháchara. Trotamos un poquito en Osorio, y seguíamos con calma hasta la zona de Riquiánez, muchas comunicaciones telefónicas en ese tramo. Cubríamos caminos y todo se veía cerca, pasar las piedras del barranco y ya casi estaba. Todo parecía tranquilo, bajo control y era cuestión de paciencia. Ya se veía el mar. No me gustaba meterme en el barranco con la oscuridad, pero no se dieron las circunstancias para que todos apretáramos más. Sólo lo hacíamos cuando sentíamos frío para entra en calor. Por ahí nos pasaba de nuevo Jesús.

Serían sobre las 7 y algo cuando enfilamos la bajada hacia el barranco. Fue una sorpresa ver que estaba resbaladiza, y mucho. El trozo hasta Santidad, se convirtió en un patinaje, se hizo francamente largo. Tampoco hasta el barranco el terreno ayudaba. Al llegar al fondo para más emoción empezó a llover. Marco no aguantó más y se echó a trotar entre las piedras. Pablo y yo seguimos al ritmo. Pablo además parecía ir cada vez más tocado de los pies, como para dejarlo. La lluvia no sólo no paraba sino que aumentaba. Empezaba a pensar que llegar antes de las nueva sería complicado. Avanzábamos penosamente, hacía frío, cuando pensé en los guantes que había dejado en la mochila, comprobé que estaban empapados, había dejado la camiseta térmica en Garañón, por lo que no había más. No hacía sino escupir el agua que me bañaba la cabeza. Pablo me preguntó si estábamos cerca del final del barranco. Le mentí cuando quedaban aún tres curvas del barranco, para animarlo. Con suerte no lo recuerde ;) Cuando ya éramos todo agua, alcanzamos el inicio de la subida a Tenoya. No me sentía mal de piernas, excepto la rodilla, pero estábamos helados, por suerte la subida nos calentó un poco. Quizás aflojó la lluvia un pelín en ese momento, o quizás fuera que en la cuesta había más agua bajando y empapando las zapatillas, que la sensación parecía un poco mejor.

No tenía sentido detenerse en el avituallamiento, agua no necesitábamos y el deseo de llegar era enorme. Nos juntábamos ahí con Mónica, nos avisaba un vecino de lo resbaladizo que estaba el camino que seguía. Nos aconsejaba precaución. La lluvia volvía apretar. ¡Vaya regalo! Jesús volvía a adelantarnos.

Los senderos no estaban peor que los anteriores, y sí, resbalaban. Nos íbamos sintiendo cada vez más altos y perdiendo agarre por el barro que se adhería las zapatillas. El trozo de bajada tras la palmera fue incómodo. Y seguía lloviendo. Mientras les decía los demás que sólo nos quedaba una subidita. Veíamos algunas luces de otros compañeros de fatigas. La subida de los Giles acababa por fin con la luz de una voluntaria que allí estaba aguantando lo que caía como nosotros. Se acabó subir, Pablo dijo que corríamos o se helaba. Animamos a Mónica y nos pusimos a trotar. Se podía. Pasamos la carretera, y continuamos. Llovía fuerte, tuve que pararme a vaciar la vejiga, y les dije que siguieran. Me lancé tras ellos, entre quienes adelantábamos, entre el agua y la oscuridad creo que sólo pude distinguir a Paco porque llevaba a Colacho. Llegando a los invernaderos comencé a sentir por fin algo de calorcito. Llegamos al asfalto y ya no podíamos parar, la bajada trotando. Animamos a Jesús y creo que Marco, que se unen y con ganas nos dejarían poco después por la casa a falta de poco más de 2 kilómetros. Tras saltar la cadena parecía que incluso se me habían secado las manos. Preguntamos a Mónica si quería entrar antes, prefirió ir al "baño" y nosotros seguimos. Nos encontramos con piscinas en la carretera, pero por fin no llovía, ya todo daba igual y las atravesabas como si tal cosa, limpiando las zapatillas. Con la
pintada del último kilómetro nos paramos para llamar a meta, por fin tenía las manos secas como para manejar el teléfono. Pero no daba señal el muy cabrito. Seguimos, se me iban las piernas. Pablo me decía que esperaba, cruzaba, y las piernas se lanzaban. Tuve que frenarme, nos esperábamos, me puse la peluca, intenté ajustar el frontal. Gritaba a la meta, y el subidón de la llegada nos embargaba por unos minutos (Gracias a Miguel minuto 5:10 del vídeo).






Cerveza fría, caldo caliente, y el fallo de no haber previsto que lloviera al llegar. Como vivo cerca no había pensado en dejar bolsa de meta, y un día como ese, el frío estaba metido en el cuerpo. Comí lo que me dejó el estómago y para casa con las piernas envueltas en la manta térmica, tiritando, con la rodilla y tobillos derecho renqueantes para unas cuantas semanas. Pero eso sí, el reto conseguido en poco más de 22 horas. Seguramente con fiebre por fin en una cama, por mi cabeza pasaban programas y variables, probablemente deliraba, o bien mirado quizás lo hacía ya desde el principio de esta pequeña historia.

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