El vuelo de Air Europa aterrizaba en Barajas, con una hora de retraso, sobre las 13:45, a priori tendríamos una hora y veinte minutos antes de la salida
del vuelo hacia Gran Canaria. Atrás quedaba el largo viaje desde La Habana y el retraso en la salida debido básicamente
a la lentitud del embarque en la terminal 2 del aeripuerto José Martí al estar en obras la 3. No había pasarela o finger, y
ante la lluvia optaron por cubrir los escasos metros hasta el avión con la única guagua disponible.
La gran mayoría del pasaje miraba sus relojes, calculando el tiempo que tenían para el tránsito al siguiente vuelo. De nuevo con guagua, sin pasarela. Cuadró de tal forma que al subir de los últimos, nos quedamos junto a las puertas y salimos de los primeros rápidamente al control de pasaportes. Éste fue eficaz, con varias colas que aceleraban el proceso. La ineficacia vendría después. Siguiendo la ruta de tránsito hacia las
zonas C, D, etc. del aeropuerto de Barajas se nos presenta un control de seguridad donde sólo funciona un escáner, y retumba el
seco acento castellano de quien organizaba la cola.
Vienes de un vuelo para el que has pasado un control de seguridad, y vuelta a empezar.
No me encajaba
que con un escáner puedan dar salida al par de centenares de pasajeros en tránsito que acabamos de entrar, pero no había tiempo par quejarse. Tras el control
se ve una guagua que acaba yéndose, antes de ser capaces de superarlo. En el control además retiran todos los líquidos aunque vengan precintados del duty free
del aeropuerto de origen (adiós mermelada de guayabo, adiós botito de miel). Sabes que no puedes argumentar, se limitan a repetir como un mantra el manual
de las normas de falsa seguridad que nos aplican, y además hay un vuelo que coger. ¿Por qué se convierten de repente en peligrosos
esos productos con los que he cruzado el Atlántico?
Por fin pasamos el control, pero no hay guagua a la espera. Me pongo a hacer cola junto a la puerta
porque el tiempo se recorta. Ha pasado una media hora desde que tomamos tierra, mientras se sigue oyendo al personal
retirar los líquidos "peligrosos" al resto. Sorprende la lentitud del control, la gente mira sus relojes, no llegamos. Por fin
llega una guagua, son las 14:22, nos quedan poco más de 35 minutos. Otros ya se resignan a que no llegan, "Mi vuelo ya debe haber salido".
Parece que hay cambio de chófer, se sube el nuevo, con tranquilidad se pone el chaleco reflectante, mientras decenas de ojos esperan a que abra
las puertas. Detrás muchos aún sufriendo la lentitud del recontrol de seguridad. De repente el chófer se baja, y sin prisa accede por una puerta
vecina a nuestra sala. Alguien dice: "Oiga, que perdemos el vuelo", la respuesta mientras se encoge de hombros "¡A mí qué!
el horario de salida es a las 14:30". Muchos iríamos caminando pero no se nos indica la forma. En hora, a las 14:30, abre las puertas. Por supuesto
que la guagua no tiene capacidad para todos los que esperamos (y menos mal que muchos aún hacen cola en el control).
Apelotonamiento en la guagua. Resulta bochornoso darse cuenta de que hayan sido necesarios 45 minutos simplemente para desembarcar y acceder a la guagua que nos traslada a la
terminal vecina. Si es así siempre, funciona fatal.
El trayecto era corto, lo sabía y es lo más irónico. En poco más de 5 minutos estamos ante la puerta de embarque e incluso hay tiempo de pasar por el aseo. Supuestamente faltan algo menos de 30 minutos para despegar. Nos ha cuadrado, pese a la parsimonia. Otros tendrán que esperar horas hasta el siguiente enlace, un detallito tras la paliza del vuelo intercontinental.
Ya sentado en el avión, veo por la ventanilla incluso que llega la maleta a tiempo. ¡Estupendo! Parece que ya estamos todos. Pero no, preguntan un par de veces por dos pasajeros. Tras media hora el comandante indica que no se han presentado dos pasajeros
y deben localizar sus maletas. "Lamentamos los inconvenientes". Para finalizar una hora de retraso en la salida, y sin
ningún detalle (léase zumito, vasito de agua, ...) con los pasajeros que allí esperan. Todo sea por fidelizar clientes.
Esta historia es una más de las más de 1400 historias de motivaciones, ilusiones, dudas y sudores que se daban cita este año en la TransGranCanaria. En mi historia particular suponía mi primer intento de pasar de los 100 kilómetros, y llegaba con experimentos. Dos semanas antes había conseguido por fin las plantillas con las que esperaba tener menos las últimamente habituales "molestias" en la planta de mi pie cavo. Aparecían cuando superaba las dos horas de ruta, y permanecían varios días recordándome lo que había hecho. Me daba cierto reparo porque con apenas un par de rodajes con ellas de 20 km, me iba a por el reto, pero ya sabemos que no era obligatorio finalizar. Otro experimento eran los bastones, cuando nunca antes había participado en una carrera con dos bastones. El tercero, y el que más respeto me daba, era el tema de salir a correr no después de levantarme, sino al final del día. Además los viernes en esta época del año me tocan cuatro horas de clase comenzando a las 8 de la mañana.
De las más de 1400 historias que se cruzaban con un mismo objetivo ese fin de semana, la mía y la de otros 500 comenzaba el mismo viernes. Con el panorama madrugador de mi particular viernes de segundo cuatrimestre, tras terminar con las clases, comí temprano y me tumbé para intentar echar una siesta. No conseguí relajarme lo suficiente, con lo que apenas hubo un cuarto de hora de cabezada. Ahora pienso que fue un ingenuidad por mi parte no tomar un café o una cola (llevaba años sin tomarlo hasta que tuve que hacerlo en Tunte a las seis de la mañana), antes de la salida, pero de todo se aprende.
Con el lento pasar de las horas, por fin a las diez me subía en la guagua destino a Playa del Inglés, por supuesto que incapaz de cerrar los ojos. Ambiente de salida, muchas caras conocidas, amabilidad en uno de los locales donde me permitieron vaciar la vejiga. Me sorprendía que no había apenas nervios, lo cual me hacía preguntarme si me acabaría atacando el sueño.
Pese a la aparente tranquilidad la salida es muy emocionante. Los últimos años la había visto desde fuera, donde se unen emoción y envidia, pero no es lo mismo. Tras dar el pistoletazo, los que no estábamos en las primeras filas empezamos a movernos lentamente esperando a que el grupo se estirara para poder comenzar a trotar entre los gritos de ánimos de quienes allí estaban y nosotros mismos. Casi sin darme cuenta llegó el silencio. Bueno, no era un silencio completo, pero si se compara con unos segundos antes, lo parecía. De repente estábamos a solas, una serie de figuras trotanto en la oscuridad de la playa, con nuestros respectivas luces blancas y rojas, sonido de pasos sobre la arena, jadeos y respiraciones, acompañados del sonido de las olas de la marea casi alta.
Muchos intentaban ir por el pedacito de arena mojada, si bien cada vez que una ola intentaba recuperar zona de playa, veías como la fila de corredores y sus luces rojas se movían sincronizadamente con la marea para evitar mojarse. Algunas caras y movimientos conocidos, intentaba seguir las rodaduras que los vehículos habían dejado durante el día. Las calzas de los zapatos parecían funcionar, no notaba que entrara arena. Casi sin darnos cuenta comenzamos a distinguir la zona del faro, un pequeño mal paso me hizo sentir que el tobillo derecho estaba sentido, como si hubiera tenido una torcedura reciente que no recordaba. Uyuyuy ¡Cuidadito que faltan muchos kilómetros! Llegando al paseo miro el reloj antes de quitarme las calzas, y marcaba 28 minutos. Nunca había hecho ese tramo, había intentado bajar revoluciones, pero parecía que no había ido demasiado lento.
Nuevos ánimos, sonrisas, carrera por terreno fácil y cómodo. Coincidí bastantes metros con un corredor sueco que me habló de carreras por Escandinavia. Creo que también por ahí fue una de las primeras veces que Jesús y yo intercambiamos posiciones. No lo sabíamos, pero ocurriría muchas veces hasta la llegada la noche siguiente. Saltaríamos al barranco para hacer unos metros entre los flashes y más ánimos. Por suerte el barranco ni se parecía al escenario que el año anterior había visto desde el puente. Pronto alcanzaríamos la pista que nos llevaría sin apenas pausa a Ayagaures. Alguien me diría que llevábamos alrededor de 10 km en una hora. Me sentía cómodo y tranquilo.
En la pista por prudencia los repechos los caminaba a buen ritmo, y sobre las dos horas superaba el cruce cercano a Arteara para dirigirme hacia las presas. Espectáculo de luces al coger altura. Sin prisa pero sin pausa continuaba mi trote. Creo que fue en la zona tras el último barranquillo (con animación de los allí presentes) donde me alcanzaban Esther y Pedro. Nos cruzábamos con Carlos Díaz poco después, y viendo mi cara en las fotos creo que en ese momento empecé a sentirme un tanto dubitativo en las zonas favorables. Subía con seguridad, pero al bajar tenía la sensación de estar viendo peor. Pensé que era el frontal, puede que en parte, pero antes no había tenido esa sensación. De esta forma, observaba como me pasaban poco a poco varios corredores. Sin darle mucha importancia, comiendo y bebiendo, llegaba a la presa poco antes de las 3:30. Confiaba en recuperar sensaciones en la subida.
Creo que Jesús coincidió conmigo también en esos metros, me había adelantado en alguna bajada y ahora volvía a encontrarlo. En el momento del inicio del sendero, me tiré adelante de los que allí estábamos, pensando que me lo pasaría bien subiendo. Sin embargo tras unos primeros metros en los que me notaba que me acercaba a las luces que nos anticipaban, empecé a sentir que tropezaba mucho, a la vez que detrás se iban uniendo más luces. "¿Qué pasa? Muy ligero no parece que vaya". Preguntaba si me querían pasar, y no lo harían hasta que me paraba a beber un poco mientras caían las primeras gotas. Sin embargo al ponerme a seguirlos, notaba que no iba, y seguía tropezándome, la escena se produjo varias veces, parada para ponerme el impermeable, parada para beber. Ya cuando empecé a oír mi nombre y notar que no reconocía, comprendí que algo pasaba. No era hambre, era amodorramiento. Uf, y eso que ya antes había tomado un gel con cafeína con la esperanza de que no sucediera. Lo empecé a pasar mal, no disfrutaba, seguía tropezando, pensé parar y echarme a un lado cerrando los ojos, pero llovía y no tenía sentido dormir bajo la lluvia. En Tunte podría tomar un café, pero aún faltaba y me veía ir desinflando mientras me seguían pasando, saludando (y yo abobado que no reconocía si no me decían el nombre). Pablo me daría un caramelo de café, y más tarde Jorge una gominola con cafeína. "Sígueme" me decía. Incapaz, no iba. En un trozo de pista agradecí ir con bastones porque no conseguía ir derecho, hacía eses, me iba a los lados, y los bastones me ayudaban a frenarme. Se me hizo larguísimo, pero por fin llegaba a la zona de la Manzanilla, seguía más abobado de lo normal, pero a la vez me acercaba a Tunte y el amanecer estaba más cerca. Intentaba decirme que así ahorraba energías para luego cuando despertara, pero sólo era un deseo.
La bajada a Tunte fue lenta, me sentía inseguro. Llegaría a Tunte mojado y con malas sensaciones poco escasos minutos antes de las 6 de la mañana (la foto lo dice todo). Allí nos esperaban los Conesa, un caldo caliente, todos bajo la carpa porque rascaba el frío, me tomé un café solo (nunca tomo café) para ver si despertaba. En cualquier caso parecía que veía un poco más alrededor, y hasta captaba las bromas de los que poco antes no reconocía ...
Se escucharon las campanadas. Tras comer un poco, quedarse apetecía poco por la temperatura. Saldría minutos más tarde con mejores sensaciones, sin haberme abrigado más. El aire pronto me haría sentir escalofríos al pasar junto a la iglesia, y aproveché la parada de la guagua para ponerme una camiseta térmica bajo el impermeable. Y a subir. Pensándolo ahora creo que fue el trozo de subida que más disfruté. La sensación de calorcito, ver que el cielo empezaba a aclararse, me sentía por fin despierto. Había perdido tiempo para mi objetivo inicial de bajar de las 20 horas, pero allí estaba. El final de la subida coincidí con un corredor de la Sur-Norte, y los ánimos estaban ahí. Sobre las 7 llegaba a Cruz Grande, y en la foto de Alberto Cardona hasta sonrío. Una cara muy diferente a la de una hora antes llegando a Tunte.
El amanecer y su luz embellecían el recorrido. Hasta Chira creo que me adelantaban un par de corredores y yo cogía a Alario que iba con molestias en un ojo. El resto solitario, sin prisas y teniendo cuidado con no reincidir en las torceduras del tobillo. Quizás no fueran todavía las 8 cuando cruzaba el muro de la presa, me paraba y me quitaba todo el abrigo. "Ojalá llegue el calorcito", me dije. De Chira a Soria estaba la bajadita que no es mi mayor ilusión por lo pedregosa, pero con tranquilidad llegaba minutos antes de las 8:45, sin novedad. El sol además parecía querer salir. Ya Las Niñas estaba cerca, el ecuador de carrera, y quedaba subida donde esperaba encontrarme de nuevo a gusto. Tras el caidero de Las Niñas, volvía a ver a Pablo que me adelantaba durante mi siesta en ruta en la subida del Diablo. Parecía que me funcionaban las piernas subiendo. Pasadas las 9 y media llegaba al punto de avituallamiento. Si mantenía el ritmo, estábamos en la mitad, estaba aún con posibilidades de bajar de las 20 horas.
Allí estaba de nuevo el encuentro con Jesús. Comencé con ánimos la subida, y buenas sensaciones, me pasaba De Pedro con muy buen ritmo, pero me mantenía en mi ritmillo. El ritmo con Pablo era similar, y nos acompañábamos. Quizás en ese trayecto no comí todo lo que debería. De esta forma cuando comencé a intuir el Nublo tuve sensaciones de estómago vacío. Tiré de la pella de gofio que llevaba para tranquilizarlo, pero pese a ello cuando por fin se veía a lo lejos el Nublo, noté que Pablo me iba sacando metritos, y tuve finalmente que pararme a comer a un lado del sendero. Minutos más tarde llegaría al avituallamiento de mamarrachos y mamarrachas y no podía llegar con mala cara. Conforme te acercas, el sendero se estrecha, y daba la impresión que los que habían pasado antes no eran demasiado altos porque una y otra vez chocaba contra ramas con mi cabeza.
Por fin llegaba al punto de avituallamiento. Eran las 11 pasadas, y en más optimista de mis planificaciones me imaginaba pasar por allí sobre las 10. No se habían dado las condiciones, pero excepto por el hambrilla que había sentido en los minutos previos, parecía todo en orden. Me detuve a saludar a los niños. Había sólido además, y bebí una bebida de cola para intentar que no se repitiera la modorra de la noche. Adassa me había traído la peluca roja, muchas fotos, me alcanzarían Iña y Javo a los que creía por delante. Y finalmente seguí con ellos. Los veía algo más ligeros, pero pude acompañarlos hasta el Roque Nublo donde llegábamos poco antes de las 12:30. En la bajada al aparcamiento se me escapaban, creo que aún me faltaba comida. Pese a mis deseos de apretar y llegar a Garañón, veía difícil llegar a Garañón con poco tiempo perdido sobre la una. Quizás fue un error pensar tanto en ello, porque me desanimé en ese tramo. No hacía frío, iba a mi ritmo a solas, coincidiendo a ratos con el grupo de Basilio. Algo más de una hora para llegar a la cumbre. ¡Bah! Estaría sobre las dos de la tarde en el avituallamiento. Complicado. Bajaba algo desanimado, y llegando al Corral de los Juncos notaba que el calzoncillo que había usado exclusivamente en las ultras de los últimos dos años, se estaba haciendo viejo. Las costuras me estaban rozando y pese a incluso haberme puesto vaselina antes de la salida, molestaba. Me eché a un lado, me cambié, y me volvían a coger el grupo de Basilio, al que se había unido Pablo, que aflojó más que yo tras el Nublo. Con ellos llegaba a Garañón poco después de las dos. Sabía que para llegar a meta antes de las ocho de la tarde, tendría que ir ligero, pero no lo hice. Me paré, saludé, comí una pasta bien rica, me descargué la ropa de abrigo excepto el impermeable. Vería como todos se iban y cuando ya casi me marchaba también yo, Pablo me decía si le esperaba. Habían pasado casi treinta minutos en el punto. Llegaban en ese momento Alberto y Jesús.
Tras salir las piernas parecían ir bien, había tenido alguna sensación en una rodilla, pero quizás se debía a un golpe con una roca en la zona de las presas. El sol nos acariciaba, era agradable, y tenía la sensación de que estaba hecho. Era cuestión de paciencia cubrir los cuarenta y tantos kilómetros. Como no encontraba ganas de luchar por el tiempo, le dije a Pablo, si le parecía que nos acompañásemos hasta la meta. Y así hicimos. Trotamos en zonas favorables y adelantamos a escasos corredores. No sería hasta Lanzarote donde encontramos a algunos de la Sur-Norte. Pasábamos algunos de nuestra prueba y nos pasaban otros más motivados y con ganas que nosotros. Intentaba animar a Pablo para llegar a Teror y saludar con emoción a mi familia, que me esperaba desde horas antes. Minutos antes además hablaba con Estrellita que me subía la moral y me hacía humedecer los ojos. No nos estresábamos, nos pasaba Alberto, y llegábamos a Teror cerca de las cinco y media. Íbamos lentitos. Además de la familia la acogida en Teror fue estupenda. El bocadillo no conseguí comerlo, pero se agradecieron los ánimos.
Si fresco y ligero tardaría hasta la meta algo menos de tres horas, tal y como íbamos asumía que rondaríamos las 4 si no había problemas. Pablo además se quejaba de la piel de los pies. Mi rodilla empezaba también a decir algo. No era un dolor intenso, pero decía "estoy aquí". Tras dejar Teror, se unía a nosotros Marco de Castellón. Aumentaba el grupo, aumentaba la cháchara. Trotamos un poquito en Osorio, y seguíamos con calma hasta la zona de Riquiánez, muchas comunicaciones telefónicas en ese tramo. Cubríamos caminos y todo se veía cerca, pasar las piedras del barranco y ya casi estaba. Todo parecía tranquilo, bajo control y era cuestión de paciencia. Ya se veía el mar. No me gustaba meterme en el barranco con la oscuridad, pero no se dieron las circunstancias para que todos apretáramos más. Sólo lo hacíamos cuando sentíamos frío para entra en calor. Por ahí nos pasaba de nuevo Jesús.
Serían sobre las 7 y algo cuando enfilamos la bajada hacia el barranco. Fue una sorpresa ver que estaba resbaladiza, y mucho. El trozo hasta Santidad, se convirtió en un patinaje, se hizo francamente largo. Tampoco hasta el barranco el terreno ayudaba. Al llegar al fondo para más emoción empezó a llover. Marco no aguantó más y se echó a trotar entre las piedras. Pablo y yo seguimos al ritmo. Pablo además parecía ir cada vez más tocado de los pies, como para dejarlo. La lluvia no sólo no paraba sino que aumentaba. Empezaba a pensar que llegar antes de las nueva sería complicado. Avanzábamos penosamente, hacía frío, cuando pensé en los guantes que había dejado en la mochila, comprobé que estaban empapados, había dejado la camiseta térmica en Garañón, por lo que no había más. No hacía sino escupir el agua que me bañaba la cabeza. Pablo me preguntó si estábamos cerca del final del barranco. Le mentí cuando quedaban aún tres curvas del barranco, para animarlo. Con suerte no lo recuerde ;) Cuando ya éramos todo agua, alcanzamos el inicio de la subida a Tenoya. No me sentía mal de piernas, excepto la rodilla, pero estábamos helados, por suerte la subida nos calentó un poco. Quizás aflojó la lluvia un pelín en ese momento, o quizás fuera que en la cuesta había más agua bajando y empapando las zapatillas, que la sensación parecía un poco mejor.
No tenía sentido detenerse en el avituallamiento, agua no necesitábamos y el deseo de llegar era enorme. Nos juntábamos ahí con Mónica, nos avisaba un vecino de lo resbaladizo que estaba el camino que seguía. Nos aconsejaba precaución. La lluvia volvía apretar. ¡Vaya regalo! Jesús volvía a adelantarnos.
Los senderos no estaban peor que los anteriores, y sí, resbalaban. Nos íbamos sintiendo cada vez más altos y perdiendo agarre por el barro que se adhería las zapatillas. El trozo de bajada tras la palmera fue incómodo. Y seguía lloviendo. Mientras les decía los demás que sólo nos quedaba una subidita. Veíamos algunas luces de otros compañeros de fatigas. La subida de los Giles acababa por fin con la luz de una voluntaria que allí estaba aguantando lo que caía como nosotros. Se acabó subir, Pablo dijo que corríamos o se helaba. Animamos a Mónica y nos pusimos a trotar. Se podía. Pasamos la carretera, y continuamos. Llovía fuerte, tuve que pararme a vaciar la vejiga, y les dije que siguieran. Me lancé tras ellos, entre quienes adelantábamos, entre el agua y la oscuridad creo que sólo pude distinguir a Paco porque llevaba a Colacho. Llegando a los invernaderos comencé a sentir por fin algo de calorcito. Llegamos al asfalto y ya no podíamos parar, la bajada trotando. Animamos a Jesús y creo que Marco, que se unen y con ganas nos dejarían poco después por la casa a falta de poco más de 2 kilómetros. Tras saltar la cadena parecía que incluso se me habían secado las manos. Preguntamos a Mónica si quería entrar antes, prefirió ir al "baño" y nosotros seguimos. Nos encontramos con piscinas en la carretera, pero por fin no llovía, ya todo daba igual y las atravesabas como si tal cosa, limpiando las zapatillas. Con la
pintada del último kilómetro nos paramos para llamar a meta, por fin tenía las manos secas como para manejar el teléfono. Pero no daba señal el muy cabrito. Seguimos, se me iban las piernas. Pablo me decía que esperaba, cruzaba, y las piernas se lanzaban. Tuve que frenarme, nos esperábamos, me puse la peluca, intenté ajustar el frontal. Gritaba a la meta, y el subidón de la llegada nos embargaba por unos minutos (Gracias a Miguel minuto 5:10 del vídeo).
Cerveza fría, caldo caliente, y el fallo de no haber previsto que lloviera al llegar. Como vivo cerca no había pensado en dejar bolsa de meta, y un día como ese, el frío estaba metido en el cuerpo. Comí lo que me dejó el estómago y para casa con las piernas envueltas en la manta térmica, tiritando, con la rodilla y tobillos derecho renqueantes para unas cuantas semanas. Pero eso sí, el reto conseguido en poco más de 22 horas. Seguramente con fiebre por fin en una cama, por mi cabeza pasaban programas y variables, probablemente deliraba, o bien mirado quizás lo hacía ya desde el principio de esta pequeña historia.
Mi primera participación en esta prueba que tan buenas palabras tenía entre todas aquellas opiniones que escuché de quienes habían participado el año anterior. Me salto la noche de Womad del vierner para dedicar al sueño las horas oportunas después de una semana densa. A priori me gustaba que acabara en subida, y con bajadas no tan complicadas esperaba estar, pese a ser una carrera corta, en el 20% de delante como me había mal acostumbrado este año en la Maratón del Meridiano, Cruzatenerife y Transvulcania.
Para empezar, y después de participar en un par de entrenos con los amigos de Firgas, decido ir sin agua, las distancias entre los avituallamientos eran cortas, las subidas no tan largas, el tiempo no caluroso, mi ritmillo no tan exigente, así que un par de gominolas y una compotita de isostar.
Salida desde la plaza de Firgas a las nueve de la mañana, muchas caras conocidas y buen ambiente. Colocado entre el tercio delantero a la salida, cuando salimos intento no quedarme muy atrás para evitar los tapones que se pueden producir luego en los pasos "difíciles" del barranco, así que salgo un poco, para mí, alegre hasta que comienza la bajada donde evito volverme loco adelantando y me relajo mientras me pasan algunos corredores más apurados. Tardo siempre un buen rato en coger el ritmo y prefiero no ir al que no es el mío. Calculo que pueden ir unos cincuenta por delante. El tiempo es agradable para la carrera y en poco más de diez minutos llegamos al fondo del barranco. Ahí observo que la mayoría de quienes van a mi alrededor siguen manteniendo el ritmo a pesar de que el sendero tira un poco hacia arriba. Tras los primeros compases (vídeo de Antonio), el camino se estrecha y comienza a ser más bonito el entorno, la lluvia ha respetado y apenas hay barro, pero conforme van surgiendo repechitos mínimos cada uno parece ir encontrando su ritmo o ritmillo según se mire.
Me voy sintiendo ya más cómodo, hay caras conocidas Fernando de Carucat, Alberto, Dani. Voy cogiendo algunas ruedas y aprovechando para hacer pequeños adelantamientos, por un momento paso a Fernando y a alguien más, noto que me sigue (foto de Alberto Cardona) y continuo sabiendo que no merece la pena acelerarse por pegarse mucho al de delante cuando estás cerca de los pasos en los que es probable tener que esperar. Así consigo que en los pasos la espera es breve, y arranca la subidita más empinada donde consigo superar a varios participantes, y Fernando a su vez me supera con su ritmo constante e intento seguirle la estela esta vez yo, pero poco a poco me va cogiendo metros. Poco antes del cruce con la carretera, recuerdo a Casimiro con un pinchazo y Jesús, así como Santi con algún problema de gemelos (no sé ni cuantas veces nos veríamos luego Santi y yo). Muchos ánimos en la carretera, Fernandito, Martín, rabadán, Luis de bichillos. Entramos en la zona de eucaliptos, nuestro mapa de orientación en Firgas, y mantengo mi ritmillo mientras Fernando va escapándose poco a poco mientras en la subida superamos a corredores más de llano.
Mucho ambiente en el avituallamiento, bebo (ya que no llevaba agua encima) me echo un vasito para refrescar la cabeza, algo de plátano y a seguir. Fernando no ha parado así que ya se me va claramente. Sé que es una zona cómoda, y distingo no tan lejos a Michael Lord, a quien noto que me voy acercando hasta tenerlo bastante cerca en la carretera. Nuevo trocito de sendero, me alcanza Santi ya recuperado, bajamos un poco más, recuperamos ya por la zona del Agua de Firgas. Las cuestas empiezan a dejarse notar y Santi y yo nos despegamos de Michael (que me dice con una sonrisa "Te arrepentirás ;)") y un par de corredores llegando al nuevo cruce de la carretera (nuevos ánimos) y si no recuerdo mal creo que de nuevo Santi y yo hacemos un intercambio de posiciones tras pasar la carretera.
Hacia el final de la subida empiezo a ver a un, creo, bichillo, la subida se le pega. Ya en la zona más llana disingo a lo lejos a Alario, un triatleta, Paco y Pablo. Pese a que piense que ellos son mejores corredores que yo, noto que voy poco a poco acercándome. Nuevo paso por el avituallamiento, alguno me dice entre cachondeos que ahora llevo mejor cara ( cabritos ;) ), nuevamente beber, un platanito, y nuevo repecho hacia la montaña de Firgas, asumiendo que luego mis contemporáneos probablemente puedan ir más cómodos en la carrera. Sin complejos me acerco a todos ellos y los voy superando, incluso a Paco que iba por delante.
Tras la bajada de asfalto y empezar la acequia, tengo sensaciones de no ir tan ligero como en los entrenos por allí (bien reflejado por Alberto Cardona), y empiezo a pensar que si me desequilibro la castaña será buena buena, está seco y no hay problemas pero noto pisadas que se acercan por detrás.
Al terminar ya en la pista, si no recuerdo mal me pasan Paco, Santi y el bichillo sin problemas. Sencillamente corren más ligeros. No me preocupo y sigo a lo mío esperando que no vayan tan bien cuando cambie el desnivel (y que yo vaya mejor). El comisario con sombrero al pasar me dice puesto 36, casi acierto porque mi dorsal es el 35. Estoy dentro del 20%.
Último control de tiempo, cambia la inclinación y consigo acercarme de nuevo a ellos. Creo que en la subidita a Rosales Paco definitivamente se queda algo más atrás, mientras sin exhibiciones sigo manteniendo mi ritmillo de trote, el trozo de asfalto, la zona de menos encanto de la prueba, y llegamos al último avituallamiento, poco antes nos pasaba como un cohete la camiseta verde del dorsal 77 ciertamente más ligero que los que por allí estábamos. Llegamos al avituallamiento, nuevo beber, refrescarse y salgo el primero de todos. A lo lejos veo a Guillermo Armas.
En la corta bajada se me acerca de nuevo por detrás el corredor de verde que antes me pasaba fácilmente, pero no será hasta el fondo donde lo consiga. Mente tranquila, mantenemos el ritmo, Guille camina, y voy superando a varios corredores que ya caminan. No se me hace largo. Llegando casi al puente de la carretera me pasa otro corredor, dorsal 144, con buen ritmo. ¡Cómo van! Pero poco después hay un repechito duro y veo que todos se ponen a caminar, el de verde, el que me acaba de pasar, y sorpresa está Santi. Yo sin embargo puedo seguir trotanto y me acerco. Entre unas cosas y otras poco antes de comenzar la subida creo que sólo el dorsal 144 está todavía por delante de mí.
¿Podré subir trotando? Tampoco hay necesidad .... nada más empezar, me dice el dorsal 64 (Pablo) "Siempre me coges aquí". Veo gente no muy lejos e intento trotar cuando el terreno es más suave.
Noto que los voy cogiendo. El primero me sorprende, es Fernando del Carucat, parece que va fastidiado. Pero no sería el único, me quedan ganas y sigo intentando adelantar, miro el reloj y empiezo a pensar que puedo llegar antes de las tres horas. Nuevo paso por el objetivo de Alberto Cardona. Poco poco consigo ir superando a todos los corredores que veo, quizás cuatro o cinco en total, pero el último en pasarme en la pista, el dorsal 144, está pegadito a mis talones. Las caras del resto no son de estar reservando mucho ... Estamos llegando, queda la curva con la segunda casa, el zig zag de cemento, falta realmente poquito. Trotar se hace difícil, pero justo antes de acabar es un poco más suave y troto un poco a ver si convenzo a mi perseguidor de que no tiene posibilidades ;).
Llega el llano y puedo seguir trotando, pero cuando entro en el adoquinado y empiezo a querer correr ligero los gemelos se quieren subir. Tirones ahora no ... aflojo, por detrás nadie viene sobrado, y tanteando encuentro un ritmillo no tan parado ... ya que habrá gente haciendo fotos hay que disimular y no dar la impresión de ir al borde. La cosa se suaviza y aunque no puedo acelerar a tope (tampoco hace falta) voy cómodo, animan, llegamos, giro y veo el crono, por encima de 2h55 por unos segundos. No tenía claro que pudiera bajar de tres horas. Al final sorpresa puesto 22, 6º en mi categoría. Parece que desde el último control de tiempo adelante a unos 13 corredores, quizás necesitaba 10 kilómetros más con subidas ;)
En resumen, contento, es una carrera corta que me hace ir más rápido de lo que me gusta, pero muy atractiva por final en subida, que me permite "disfrutar" en la llegada. El ambiente estupendo, el potaje rico, y todo gracias al Club de Montaña de Firgas.
Parece que pueden surgir innovaciones en el uso del transporte públio, se habla del proyecto piloto (canarias7 y laprovincia) de tener acceso gratuito a internet en las líneas del Global que conectan la universidad grancanaria, así como en las conexiones marítimas de Fred Olsen en la provincia oriental.
Por otro lado nos cuentan qu een 2009 funcionará en Gran Canaria la tarjeta única que permitirá (laprovincia y canarias7) abonar el servicio en cualquier guagua en la isla. Esperemos que no olviden estudiar la tarificación por zonas como se hace en grandes ciudades. Sería toda una comodidad, sólo falta que se priorice el transporte público en las calles de las ciudades como en el mundo civilizado.
No me había atrevido a visitar muchas de las zonas afectadas por el incendio provocado del pasado verano, pero la noticia de esta semana sobre la caída del pino de Pilancones no pude dejarla pasar. Así que esta mañana subimos desde Tunte hasta la Degollada de la Manzanilla. Ya al pasar la degollada, la ausencia del porte de tantas veces visitado pino nos hacía sentir extraños. Desde lo alto veíamos su tronco yermo yaciendo pero nos sorprendía su perdida majestuosidad.
Antes de bajar por el sendero quisimos acercarnos a visitar al que creíamos pino de la Lajilla, que se encuentra en las cercanías. El que asociamos con ese nombre lo encontramos también en el suelo, sólo nos queda esperar estar equivocados.
Volvimos sobre nuestros pasos y comenzamos el descenso observando que el fuego también afectó notablemente al pino de buen porte que se exhibe pocos metros más abajo. ¡Vaya desastre! Un valle de color marrón por el fuego y los pinos esbeltos por los suelos o casi.
Ya abajo coincidimos un buen número de personas. Decir que el pino, pese a la escasa sección de tronco que aún lo mantenía, estaba vivo. El olor a resina y madera, la sensación húmeda al tocar la madera no quemada de su tocón, sus ramas verdes y con brotes, parecen demostrarlo. Sin embargo no hubo intención de quienes pueden de ayudarlo. Sólo nos quedó un pequeño consuelo: ver los brotes de muchos pinos jóvenes, y la belleza de los almendros en flor en Tunte.
Saber que Inagua se quema resulta difícil de asimilar, la imagen satélite impresiona todavía más. Siempre recuerdo esa zona como un lugar donde era muy extraño encontrar a alguien gracias a las restricciones de acceso a vehículos, y en los últimos años también a senderistas. desafortunadamente el calor y el viento parecen estar dificultando el control definitivo del fuego. He leído que hay un presunto autor, y que en su declaración señala que actuó por venganza por su situación laboral. ¿Aplicaría su propia venganza para juzgarse?
Puedes visualizarlo con google earth accediendo aquí.
Y para seguir con el fuego esta mañana ví el resultado del fuego en la esquina de la calle Portugal con Galileo. Dos motos carbonizadas junto a al menos dos coches bastante afectados. Una imagen poco vista por aquí.
Me sumo a la reivindicación de los senderistas. Y me pregunto por la facilidad con la que quads y motos circulan, en ocasiones a altas velocidades, por numerosos senderos de la isla.
La TransGranCanaria 115 arranca este sábado sobre las seis de la mañana desde las dunas de Maspalomas. Unos 260 participantes se han inscritos en esta carrera a pie de 115 kilómetros. Algunos de ellos tras pasar por Ayagaures, Pilancones, Tunte, Chira, Soria, Las Niñas, El Aserrador, Roque Nublo, Garañón, Cruz de Tejeda, Teror, Los Giles llegarán a La Puntilla en la playa de Las Canteras. Viendo los tiempos en la prueba, más corta, de años anteriores, me atrevería a decir que los primeros pueden llegar a La Puntilla en 10-12 horas. Para el resto la meta estará abierta hasta las 12 del mediodía del domingo 4 de Marzo.
Abierto desde esta semana, me resultó muy agradable y distendido tomarme un té con ellos ayer tarde. Se encuentra al final de la calle Portugal en Guanarteme, justo en el local que hace años ocupaba el Naomi.